Por: Marlon José Navarrete Espinoza. Cartas al Director.

Después de su muerte tan sentida el 6 de febrero de 1916, Rubén Darío inició un camino de cien años de gloria que ni en vida él mismo pudiese imaginar o esperar. Arrebatado por la muerte que tan prematuramente le llegó, solo podemos imaginar cuántas obras maestras más hubiese escrito y nos hubiera heredado a todos los nicaragüenses y al mundo.

Su grandeza ahora radica en que no importa la cantidad de años y generaciones que han pasado y vendrán en el futuro, todos se deleitarán con su lectura y enriquecerán sus vidas gracias al tesoro literario de Rubén. Tan joven se fue y joven permanecerá no solamente en sus retratos sino en sus escritos, los que nunca perderán vigencia en la humanidad, como por ejemplo ese gran poema llamado Los motivos del lobo, como también Caupolicán, entre otros los que pudieron ver la luz gracias a la mente de un genio.

Ni el mejor vino más añejo, ni el banquete más suculento pueden reemplazar la delicia de disfrutar la obra monumental de Rubén Darío en sus libros. No habrá otro como él definitivamente, sin embargo podemos encontrar tantas lecciones en su obra que las podemos aplicar a nuestra propia existencia si tenemos la serenidad y la sabiduría de descubrirlo.

Rubén Darío es nuestro diamante, nuestro oro y riqueza que están a nuestro completo alcance pues solo basta comprar sus libros y no cansarnos de leerlos una y otra vez. Orgullo de todas las generaciones venideras, su lugar en el corazón de la patria jamás le será arrebatado.

 

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