Por: Guillermo Areas. Abogado.

El pasado 30 de julio se cumplieron 125 años de la publicación de Azul. El nombre de Azul no presagiaba el alcance renovador de su contenido. Su autor, Rubén Darío, apenas un joven de 21 años, llegó a Valparaíso, Chile, proveniente de Nicaragua lleno de sueños y un infinito deseo de expresarse en un lenguaje nuevo.

Decía mi padre (Guillermo Areas Rojas) que Azul reflejaba una enorme influencia francesa parnasiana, contraria al romanticismo de Víctor Hugo. Rubén aprovecha el estilo de los escritores franceses y la aplica al español en la forma de usar adjetivos, ritmo, musicalidad en el verso y una nueva aristocracia verbal.

Rubén escoge el nombre de Azul, pues como el mismo lo explicara “el azul era para mí el color del ensueño, el color del arte, un color helénico y homérico, color oceánico y firmamental…”, el azul era para Darío un color de pureza celeste que simbolizaba el ideal de una poesía bella, brillante y sin defectos. Por eso Rubén concentra en ese color “la floración espiritual” de su “primavera artística”.

 

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