Por: Mario Urtecho.

En el puerto de Colón, Darío tomó pasaje en un vapor español de la Compañía Transatlántica, el León XIII, y partió a Santander. Este es un recuento de sus travesías en España.

Extraordinario fue el regocijo de Darío al recibir en Guatemala el telegrama del gobierno de Nicaragua comunicándole que integraría la delegación que enviaba a España a los festejos del IV centenario del descubrimiento. Y fue así porque a pesar que era reconocido en Latinoamérica por la revolución literaria que capitaneaba, los gobiernos de su país no le habían brindado el apoyo que demandaba para alcanzar sus ideales. No había tiempo para nada, era preciso partir inmediatamente, así que escribí a mi mujer y me embarqué a juntarme con mi compañero de delegación, don Fulgencio Mayorga en Panamá. En el puerto de Colón tomamos pasaje en un vapor español de la Compañía Transatlántica, el León XIII, y salimos a Santander.

En el tránsito de Panamá a Colón plasmó en una crónica el desastre provocado por la empresa canalera de Fernando de Lesseps, destacando las pérdidas de vidas humanas y económicas. En los tres días que el barco permaneció en La Habana visitó a Julián del Casal, que tanto lo admiraba; los redactores de El Fígaro le ofrecieron un banquete al que asistió Raúl Cay, a quien en Costa Rica dedicó Palimpsesto; escribió para María, hermana de Raúl, los sonetos A una cubana y Para la misma; y en un restaurante, donde libó ron con sus amigos, escribió tres sextetos ofrecidos a Dominga, la hermosa afrocubana que los atendía: ¿Conocéis a la negra Dominga?/ Es retoño de cafre y mandinga,/es flor de ébano henchida de sol. Luego cruzó el Atlántico en compañía de Leónidas Pallarés, de Ecuador, Isaac Arias Argaez, de Colombia, Texifonte Gallego, de Cuba, y unas primas del escritor francés Edmond About. Hacíamos la travesía lo más gratamente posible, con cuantas ocurrencias imaginábamos y al amor de los espirituosos vinos de España…

El León XIII llegó a Santander, de donde viajó a Madrid en el ferrocarril que cruza la región cantábrica. Allá fue hospedado en el Hotel de las Cuatro Naciones, donde se alojaba Marcelino Menéndez y Pelayo, el más grande de los polígrafos españoles. Como supiese mi calidad de hombre de letras, el mozo Manuel me propuso: Señorito, ¿quiere usted conocer el cuarto de don Marcelino? Él está ahora en Santander y yo se lo puedo mostrar… yo acepté gustosísimo. Era un cuarto como todos los cuartos de hotel, pero lleno de tal manera de libros y de papeles, que no se comprende cómo allí se podía caminar. Las sábanas estaban manchadas de tinta. Los libros eran de diferentes formatos. Los papeles de grandes pliegos estaban llenos de cosas sabias de don Marcelino. Cuando está don Marcelino no recibe a nadie –me dijo Manuel. El caso es que la buena suerte quiso que cuando retornó de Santander el ilustre humanista, yo entrara a su cuarto, por lo menos algunos minutos todas las mañanas. Y allí se inició nuestra larga y cordial amistad.

El hecho de pertenecer al cuerpo diplomático, como secretario de la delegación nicaragüense, le permitió el contacto con el alto mundo oficial de la villa y corte. Conoció a la reina regente doña María Cristina, al rey Alfonso XIII y a las infantas, y le presentaron al todopoderoso ministro de la monarquía, Antonio Cánovas del Castillo. Ya había conocido a muchos de los grandes poetas que había admirado: Ramón de Campoamor, José Zorrilla, Gaspar Núñez de Arce, Emilio Ferrari, Manuel Reina y Manuel del Palacio. Todos lo acogieron con simpatía. Hizo amistad con el célebre poeta uruguayo Juan Zorrilla de San Martín, y el general mexicano Vicente Riva Palacio, varón culto y simpático; se encontró con su amigo chileno Luis Orrego Luco y los guatemaltecos Máximo Soto Hall, el Dr. Fernando Cruz, y los delegados centroamericanos, y tuvo oportunidad de conocer a Emilio Castelar, el más grande tribuno español de todos los tiempos, en cuya casa almorzó deliciosas perdices, obsequiadas por la duquesa de Medinaceli.
Memorable fue el encuentro con Juan Valera, novelista y crítico que en sus Cartas Americanas le dio su espaldarazo con Azul…, quien lo invitó a las tertulias que en su lujosa residencia celebraba cada viernes y donde conoció a personajes de las letras, la política y la aristocracia. Otro grande que le expresó su afecto fue don Ramón de Campoamor, quien recordó que este joven retrató su personalidad de poeta en diez breves versos cuando trabajó en La Época, de Santiago de Chile. La escritora Emilia Pardo Bazán, también fue muy atenta con el huésped, pero el más amable de todos fue don Gaspar Núñez de Arce, poeta de tanto poema sonoro y profundo, y en su época el más leído en todo el orbe de habla hispana, quien incluso intentó naturalizarlo para retenerlo en España. Y por si faltara algo, también departió con don Miguel de los Santos Álvarez, antiguo hombre de letras e íntimo amigo de José de Espronceda, el poeta más representativo del primer Romanticismo español. ¡Y qué bien se sentía el poeta nicaragüense en el ambiente de ese mundo!

En Madrid visitó a su amigo peruano Ricardo Palma, quien le presentó a un anciano de modesto aspecto: José Zorrilla, autor de Don Juan Tenorio, y poeta de las Leyendas, a quien imitó a edad temprana. La oportunidad de conocerlo y conversar con él fue única pues aquél murió al año siguiente. Para participar en una de las veladas a que fue invitado escribió y leyó el poema A Colón, en el que expresa el calado de su ideario. No se sabe qué efecto causó entre los asistentes, que entonces homenajeaban al marino genovés, pues en su novena estrofa Darío concretiza la idea combativa del poema: la conquista de América por los españoles sólo nos trajo desgracias. Cito esos versos: ¡Pluguiera a Dios las aguas antes intactas/no reflejaran nunca las blancas velas; /ni vieran las estrellas estupefactas/arribar a la orilla tus carabelas!…

El 6 de octubre, en compañía de la reina María Cristina, personalidades de su Corte y de España, más los delegados de América, Darío visitó el puerto de Palos, y el Monasterio de la Rábida, donde Colón recibió apoyo para su empresa. En esta región duraron una semana los festejos. El 12 de octubre, con fastuoso desfile en el que participó la España toda, fue celebrado en Madrid el IV Centenario, y el 31, en el Paraninfo de la Universidad de Madrid, fue realizada la sesión preparatoria del Congreso Literario, convocado por la Sociedad de Escritores y Artistas, presidida por el gran poeta Gaspar Núñez de Arce, y del que Darío fue uno de los secretarios electos. En el desarrollo del Congreso fue atacada la Academia, la Santa Sede del Idioma -como él la llamó. Allí declaró lo que se proponía hacer: desearía para nuestra literatura un renacimiento que tuviera por base el clasicismo puro y marmóreo en la forma y con pensamientos nuevos…

Al salir de España, Darío dejó varios poemas cuyas innovaciones enojaron a poetas tradicionales, pero estimularon a los jóvenes. El 5 de diciembre, El País, informó de su paso por La Habana a bordo del Alfonso XIII, para luego continuar su travesía a Cartagena de Indias, donde se enteró que el ex dictador, Dr. Rafael Núñez, estaba en su residencia de El Cabrero. Darío lo visitó y fue recibido con marcada simpatía. Al preguntarle Núñez si se quedaría en Nicaragua, Rubén le respondió que de ninguna manera, porque el medio no me es propicio. Aquél le comentó que de quedarse en Nicaragua tendría que dedicarse a mezquinas políticas, lo que ahogaría su espíritu y abandonaría su obra literaria, provocando una pérdida que no sólo sería para él sino para las letras americanas, prometiéndole escribir al presidente Miguel Antonio Caro, y que lo nombrara Cónsul General de Colombia en Buenos Aires.

A finales de diciembre llegó a León, donde era una nueva curiosidad. Escribió a Managua para que le pagaran varios meses de sueldos, los que no se los negaron, pero tampoco le pagaron. Pronto la fatalidad, agazapada en los meandros de su vida, lo golpearía una vez más.

Managua, Ahuacalí, julio 2015

 

LEER EL ARTÍCULO COMPLETO | Fuente: Confidencial de Nicaragua