Por: El Nuevo Diario. Opinión.

Por falta de espacio, no pude completar mis refutaciones a las “tesis” darianas de un diletante, publicas en END del sábado 4 de septiembre. Ahora lo hago sin aludir de nuevo al nombre y apellido de quien las ha perpetrado, pero que los lectores conocen muy bien.

El oro de Mallorca: ¿una novela olvidada?

Eso sí: le reconozco algún interés por divulgar la verdadera personalidad de nuestro bardo en el artículo “Un autorretrato ignorado de Rubén Darío” (END, 26 de agosto, 2010). Se trata de un simple resumen de la novela, o autobiografía ficcional de Rubén, El oro de Mallorca (1913-1914), que no es tan desconocida, ni tan olvidada, ni tan inconclusa como cree el referido diletante, quien se limita a transcribir demasiado sus párrafos.

No ha sido el caso de quienes lo han estudiado a fondo tanto en el extranjero como en el país. Aparte de los prologuistas de las siete ediciones: Alberto Ghiraldo (Santiago de Chile, 1937), Alen W. Phillips (1967), Luis Maristany (Barcelona, 1978), Antonio Piedra (Madrid, 1990), Arturo Ramoneda (idem, 1991), Carlos Meneses (idem, 1991) y Luis M. Fernández Ripoll (Palma de Mallorca, 2001), cabe citar el estudio y el capítulo inédito descubierto por Iván A. Schulman en la Biblioteca de la Universidad de Illinois. Véase “El oro de Mallorca: ¿novela inconclusa?” en su libro El proyecto inconcluso / La vigencia del modernismo (2002), reproducidos —estudio y capítulos— en el Boletín Nicaragüense de Bibliografía y Documentación 124 (julio-septiembre, 2004: 13-20).

Schulman conceptúa esta obra no sólo como modernista, sino moderna. Y lo demuestra. En ella —sostiene— “podemos leer los signos irruptivos de una primigenia vanguardia anunciada en las estrategias del discurso: la inestabilidad narrativa, los cambios abruptos de escenario, la movilidad del protagonista y la hibridación de técnicas ficticias que ensanchan los límites narrativos. Por espacios ampliados, mediante procesos textuales reservados históricamente para el diario, el tratado filosófico, el ensayo de especulación religiosa, el documento médico o la crónica de viaje, se filtra, racionalizada, la experiencia del sujeto traumatizado y alienado por las contradicciones y los estigmas de la experiencia moderna”.

Pero no deseo extenderme más sobre esta extraordinaria pieza novelística que Mario Cajina Vega no consideraba trunca, sino acabada. Sólo añadiré que su bibliografía activa y pasiva la ignora olímpicamente nuestro pretencioso aspirante a detractor de Darío. Por ejemplo, desconoce el último asedio crítico, desde la teoría de Michel Foucault, escrito por Karen Poe Lang: “El oro de Mallorca: entre la confusión y la invención de sí” (2010); al igual que las excelentes interpretaciones de los catedráticos nicaragüenses Ignacio Campos Ruiz: “El coronotopo del camino a la expiación: entre el miedo, el gozo y la gloria” (Lengua, 28, febrero, 2004: 118-131) e Isolda Rodríguez Rosales: “Intertexto y angustia existencial en El oro de Mallorca” (BNBD, 124, revista cit.: 105-114).

Descalificación de “Lo fatal”

El diletante, un economista infieri (pues estudió Economía sin terminar la carrera ni ejercerla) descalifica “Lo fatal”, el texto breve en verso más profundo e imperecedero de Darío. Admite que es meritorio, introspectivo y reflexivo, “pero no tiene gran profundidad filosófica… es una constatación de una verdad muy evidente como es la fugacidad de nuestra vida”. Pero se equivoca.

“Lo fatal” —una descarga agónica existencial— es un ejemplo lapidario de la poesía de la (des)esperanza que lleva la angustia integrada por dos elementos esenciales de Darío: su obsesión ante la muerte y el terror a lo ignoto después de ella, es decir por el destino como escisión de su propio ser. Alberto Acereda señala que desde Prosas profanas y otros poemas (1897) y, en mayor medida, en Cantos de Vida y Esperanza, “hay un pánico a la muerte, una interrogación sobre el sentido de la existencia e incluso un asco vital que anuncia algunos aspectos de La Nausée (1938) de Jean Paul Sartre”. Incluso su misma fuente (la gradación piedra-árbol-animal-hombre) procede del capítulo 56 del libro de Arturo Schopenhauer: Welt alt Wille und worstellung (1819) / El mundo como voluntad y representación. En suma, al conectar la filosofía de Schopenhauer con “Lo fatal”, Acereda asegura que Darío “incluye una trágica desesperación ante la realidad de la existencia humana y un rechazo a la inconsciencia y de la sensibilidad del dolor”. Comentarlo llevaría mucho tiempo, pero su alcance existencial (la cualidad del hombre de ser para la muerte) posee mayor exactitud precursora que Unamuno o Machado, observó uno de sus muchos estudiosos, Manuel Mantero, quien considera a Rubén Darío como primer poeta existencial en lengua castellana en La poesía del yo al nosotros (1971: 103-104).

Los poemas filosóficos de Darío

Discípulo de Mantero, el mismo Acereda ha compilado un volumen de Rubén: Poemas filosóficos (Madrid, 2007), que se inicia con el “Coloquio de los centauros” (1893) y que, según su autor, conforma “un mito que exalta las fuerzas naturales, el misterio de la vida universal, la ascensión perpetua de la Psique y luego plantea el arcano fatal y pavoroso de nuestra ineludible finalidad”. Es decir, la vena filosófica que le niega nuestro diletante ya se manifiesta plenamente en Prosas profanas (y se remonta a poemas anteriores) al recuperar Darío del arsenal mítico helénico a los centauros: hombres-bestias, a quienes analiza y configura como sabios que hablan sobre lo Óntico, la Vida y la Muerte, el Amor, la Belleza y la Naturaleza, contenidos en el Todo.

Sesenta y un suman los poemas filosóficos elegidos y comentados por Acereda que, además de una poética agónica y existencial, conforman una poética espiritual y ocultista, una poética esotérica y una poética de la esperanza. Esta última lo ejemplifica el “Poema del otoño” (1908), en el cual —según Enrique Anderson Imbert— “la solución que Darío da a su filosofía del mundo como misterio es la del epicureísmo”. Esto, sin embargo, puede ser cuestionable, ya que el “Poema del otoño” es uno de los más optimistas y, a la vez, más desesperados de Darío: “Gozad de la tierra que un / bien cierto encierra; / gozad, porque no estáis aún / bajo la tierra”. De acuerdo con Acereda: “Como en Anacreonte y Omar Kayyan, estos versos plantean toda una filosofía vital que pasa por lo esencial y, sobre todo, una visión del amor como modo de llegar a la muerte con felicidad. Pero en ese goce universal, el poema confirma una marcada angustia existencial al partir de la conciencia del irremediable destino hacia la muerte. El uso del Gozad supone un disfrute de la carne, del sol, del canto, de la tierra. En contraste, Darío testimonia en cada caso su desesperada conciencia ante la ineludible muerte”.

La incidencia de Schopenhauer

Las líneas anteriores cuestionan la afirmación del diletante de que “filosóficamente, Darío era ingenuo, e incluso pueril”. En realidad, su poesía no podría ser ajena a la filosofía. La interpretación subjetiva de la vida y el cuestionamiento de su propia existencia en un mundo que no les seducía fueron los ejes fundamentales de los modernistas, especialmente de Darío, a quien Schulman valora como “el genial sintetizador, innovador y divulgados del modernismo”. Antipositivistas y antimaterialistas, los modernistas postularon la realidad de un “más allá” indefinido que no coincidía con los planteamientos de la ortodoxia católica, ni tampoco con la razón y la ciencia. Darío y muchos otros poetas modernistas leyeron y mencionaron en sus obras la visión que de la existencia ofrecieron grandes pensadores y filósofos del siglo. Arthur Shopenhauer fue uno de ellos. Friedrich Nietzsche otro.

Ya Noel Rivas Bravo ha dilucidado en su ensayo “Nietzsche: un ‘raro’ excluido de Los Raros” (Lengua, 19, 1999: 51-63) las relaciones conflictivas y las incidencias del autor de El origen de la tragedia (1872) en la obra de nuestro poeta: el primero en escribir un texto comprehensivo en la lengua española del filósofo alemán. Por su lado, Acereda enumera que ambos plantearon las siguientes claves contemporáneas asimiladas por Darío y los modernistas: la angustia de la existencia como dialéctica vida-muerte, el dolor ante la temporalidad, la soledad del ser humano, el problema divino, la muerte en su doble matiz, la aceptación y angustia, la nada y el no-ser, la muerte como nada o la trascendencia.

Darío fue un lector asiduo de Schopenhauer. Expresamente lo cita en la quinta parte de las “Dilucidaciones”, que luego sirvió de prólogo a El Canto Errante (2007). La lista de los filósofos mencionados por él resulta amplia y abarca desde Platón, pasando por Blaise Pascal, hasta Bergson. Pero de Schopenhauer aprendió a mantener su individualidad apartada del mundo, y a ver “con desinterés lo que a mi yo parece extraño” y “para convencerme de que nada es extraño a mi yo”. También asimiló del alemán el rechazo de la falsedad y la defensa de la autenticidad / sinceridad (“Yo soy aquel…”). Fue, en síntesis, un discípulo de la eudemonologia o arte de saber vivir de Schopenhauer, autor de Paterga un Paralipomena (1851), cuya traducción en español apareció en 1889, en Madrid, con el subtítulo de Aforismos sobre la sabiduría de la vida. Pero, sobre todo, de su pesimismo al concluir que el error innato de los seres humanos consiste en creer que nuestra vida se encamina hacia la felicidad.

Otras extraviadas afirmaciones del diletante y/o economista infieri merecen refutarse, pero lo haremos en otro artículo. De momento, lo invito a desarrollar en un ensayo serio su última tesis: “La vigencia de un Darío deformado, sanitizado (¿?) y taxidermizado es parte del proyecto cultural de la burguesía, el cual tiene una naturaleza alienante, paralizante y arcaizante”. Dudo que el diletante lo redacte. “Porque lo que Natura no da, Salamanca no lo presta”.

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