Por: Mario Urtecho.

Darío encontró en Argentina una sociedad que había progresado con celeridad en lo que respecta al desarrollo intelectual y literario.

La presencia de Darío en España, en los festejos del IV Centenario del descubrimiento, enalteció como nunca a Nicaragua en el escenario internacional. A pesar de ello, a su regreso a finales de 1892, el poeta enfrentó numerosas trabas burocráticas para que el gobierno del Dr. Sacasa le pagara seis meses de sueldos. Así inició 1893, año fatal en su vida sentimental. El 26 de enero falleció en El Salvador su esposa Rafaela Contreras, siendo sojuzgado por las abrumadoras nepentas de las bebidas alcohólicas. Superada esa crisis, viajó a Managua a cobrar sus salarios, encontrándose, para desgracia suya, con su antigua novia Rosario Murillo, garza morena de rostro ovalado, piel acanelada, boca cleopatrina, ojos verdes, cabellera castaña, cuerpo flexible y delicadamente voluptuoso, que traía al andar ilusiones de canéfora. Aquella mujer, que para Rubén era la encarnación de Afrodita, coludida con su hermano, urdió una trama que obligó al poeta a desposarla el 8 de marzo, en el caso más novelesco y fatal de su vida.

El 17 de abril de 1893, de 26 años, viudo, y preñada su flamante esposa, fue nombrado Cónsul General de Colombia en Buenos Aires, adelantándole el gobierno de José Antonio Caro varios meses de sueldos. Yendo hacia Cartagena de Indias, donde retiraría el dinero, Rosario enfermó en Panamá, por lo que acordaron que volviera con su familia y cuando estuviese restablecida mandaría por ella, promesa que nunca cumplió. Sin la esposa impuesta a punta de pistola, Darío viajó a Buenos Aires, vía Nueva York y París. Al entrar en la bahía saludó a la estatua de la Libertad y denunció la manipulación que de ella hacía el naciente imperialismo norteamericano: anda en la tierra otra que ha usurpado tu nombre, y que en vez de la antorcha lleva la tea…

Al saberlo en Nueva York, Martí lo invitó a un acto político donde hablaría el gran combatiente, a quien admiraba y conocía por las formidables y líricas correspondencias enviadas a diarios hispanoamericanos. Asistió al mitin en compañía del poeta Gonzalo de Quesada, y en un cuarto lleno de luz me encontré en los brazos de un hombre pequeño de cuerpo, rostro de iluminado, voz dulce y dominadora al mismo tiempo, que me decía esta única palabra: ¡Hijo! Al iniciar la actividad, Martí le pidió sentarse a su lado en la mesa directiva, siendo ovacionado por el auditorio. De aquel momento Darío escribió: ¡yo pensaba en lo que diría el gobierno colombiano de su cónsul general sentado en público, en una mesa directiva revolucionaria antiespañola! Luego fuimos a tomar el té a casa de una dama inteligente y afectuosa, que le ayudaba mucho en sus trabajos de revolucionario… Nunca he encontrado, ni en Castelar mismo, un conversador tan admirable. Era armonioso y familiar, dotado de una prodigiosa memoria, ágil y pronto para la cita, la reminiscencia, el dato, la imagen. Pasé con él momentos inolvidables. No lo volví a ver…

Y viajó a París, el mayor anhelo de su vida. Allá encontró a Gómez Carrillo, que por trabajar en Editorial Garnier sólo compartió algunas de sus intensas jornadas, limitante que suplió el escritor Alejandro Sawa, quien lo inició en las correrías nocturnas del Barrio Latino, donde conoció y saludó una vez a Paul Verlaine, pero no pudo conversar con él por la perpetua embriaguez del genial rapsoda. En esos cafés -donde sólo el simbolista era más popular que él- departió con jóvenes poetas y escritores entusiastas suyos, y se amistó con lo más representativo de las letras francesas de entonces: Moréas, Morice, Thailhade, Richepin y Duplessis. Sus días en la capital de las capitales fueron de vertiginosos aprendizajes, de alta y fácil galantería, y desde luego, vino en abundancia. En un soneto dedicado a Francia presagió, veinte años antes, la primera guerra mundial, y con casi medio siglo, la segunda hecatombe: el viento que arrecia del lado del férreo Berlín…

Viajar a París vía Nueva York antes de llegar a Buenos Aires fue decisión premeditada y acertada. Así estaría en reciprocidad con el nivel de desarrollo intelectual y literario que encontraría en la sociedad argentina, que había progresado con más celeridad que las demás naciones americanas, creando, mucho antes de su llegada, tres fenómenos decisivos: la universalización de la literatura, manifestada en el cosmopolitismo desde 1879 al ser publicada la Revista Literaria; la secularización del mundo, traducida en un hondo cambio cultural; y la rebelión del artista contra el poder del dinero. Además, él conocía las características y autores de la nueva literatura francesa desde su época centroamericana (1880-86), desarrollándose cualitativa y cuantitativamente en su período chileno (1886-89), y recién había valuado en España el entumecimiento de su prosa.

Con tales pertrechos intelectuales desembarcó en Buenos Aires el 13 de agosto de 1893, y como poco o nada haría como cónsul, pues Argentina y Colombia no tenían relaciones comerciales, se dedicó a consolidar el movimiento de libertad artística que cinco años antes creó con Azul… En 1889, sorprendido por el Canto Épico a las glorias de Chile, el intelectual Victorino Lastarria, escribió al Gral. Bartolomé Mitre, presidente de la República Argentina y fundador de La Nación, recomendando al joven Darío como una promesa literaria. Y fue en ese diario, hogar de la elite de la prensa americana -donde fue publicado en sus últimos días en Chile-, que Darío forjó su estilo, imprimiéndole elegancia literaria a la crónica periodística. Hasta finales del siglo La Nación le había publicado 105 textos, en su mayoría crónicas o ensayos.

Aunque su poesía opaca al periodismo, se dice que más de la mitad de su producción fue en prosa, en especial periodística, sin incluir crónicas que, es seguro, faltan por encontrar. Mediante La Nación y El Ateneo se vinculó con la alta burguesía y la intelectualidad porteña; en 1894 dirigió la Revista de América, y aparte de sus colaboraciones sistemáticas en La Nación, La Tribuna y El Tiempo, sus escritos fueron acogidos en más de veinte publicaciones periódicas, entre otras: Artes y letras, Caras y Caretas, Almanaque Sudamericano, Revista de Letras y Ciencias Sociales, Argentina, Revista Literaria, El Mercurio de América y Revue Ilustreé du Rio de la Plata.

En 1896 publicó Los raros, estudio de 19 de los mejores autores de la literatura de entonces, y una de sus obras capitales, que causó excelente impresión en Río de la Plata, sobre todo, entre escritores jóvenes, a quienes se revelaban nuevas maneras de pensamiento y belleza. A finales de ese año también deslumbró con Prosas profanas. Ambos libros consagraron a Darío como líder del modernismo en lengua española, destacando entre sus discípulos y amigos: Luis Berisso, Roberto J. Payró, Julio Piquet, Ricardo Jaimes Freyre, Alberto Ghiraldo, Eugenio Díaz Romero, Ángel de Estrada, Leopoldo Díaz, José Ingenieros, Miguel Escalada, Mariano de Vedia, José León Pagano, Alfredo Becú y Charles de Soussens.

Propugnó por la libertad de pensamiento y de expresión. Y no fue casualidad que quien sentó cátedra en el periodismo latinoamericano pontificara que la prensa de oposición era necesaria en todo país libre.

Darío desarrolló a plenitud sus facultades estéticas durante sus cinco años vividos en Buenos Aires, al que definió: modernísimo, cosmopolita y enorme, en grandeza creciente, lleno de fuerzas, vicios y virtudes, culto y políglota, mitad trabajador, mitad muelle y sibarita. Empero, en sus noches de insomnio, angustias e ideas negras, pensó hasta en el suicidio. En 1896 escribió a Luis Berisso: Comenzó el lado gris, o negro, con estas fiestas seguidas que me han causado un sinnúmero de males físicos y un sinnúmero de penas morales… mi cerebro ha estado a punto de estallar, mi sangre a punto de paralizarse; dolores, desmayos, una calamidad. Luego, el inmenso hastío que ve hasta la misma muerte como un refugio. Al finalizar 1898 cerró otra etapa de su vida. La Nación lo envió como corresponsal a España, para escribir una serie de crónicas sobre la situación de aquel país después del descalabro de la guerra con Estados Unidos. El 1º de enero de 1899 el nicaragüense llegó por segunda vez a Madrid.

 

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