(Foto: Las canéforas tiran flores desde un carruaje que custodia el féretro donde va Rubén Darío, en León de 1916.)
Cortesía: LA PRENSA/REPRODUCCIÓN REVISTA CONSERVADORA DEL PENSAMIENTO CENTROAMERICANO.

Por: Sergio Castellón Barreto.

Detalles  del entierro de Rubén Darío en León y quiénes fueron las señoritas que sirvieron de canéforas en su última despedida.

En la colonial y antigua ciudad de León de Nicaragua, iniciándose el mes de febrero de 1916, se percibía una situación en que la ciudadanía, con tristeza profunda, seguía el inminente devenir del fallecimiento de la más grande gloria nacional de todos los tiempos, genial poeta, renovador de la lengua española, que ya había sido proclamado como  Príncipe de las Letras Castellanas, Rubén Darío.

Llegando de Managua a León, muy grave, fue alojado en una casa del barrio San Juan, frente a la de sus grandes amigos desde la juventud, Francisco Castro y Fidelina Santiago, quienes se encargaron de acondicionarla para poder brindar las mejores atenciones, y que fuera el último templo donde estuviera “un bardo rei” (uno de los anagramas de Rubén).

Le prodigaron  los  cuidados facultativos que requería y recibiera el viático y los sacramentos de la Iglesia católica, que le fueron administrados por el obispo Simeón Pereira y Castellón, quien llegó con toda solemnidad en procesión, hasta el lecho del glorioso moribundo. En los últimos momentos de su esplendorosa vida, la concurrencia asaz numerosa, que afluía al Palacio del Rey,  se preguntaba a cada instante: ¿Hay alguna esperanza todavía? e indefectiblemente, después de una agonía de varios días.

El 6 de febrero de 1906, hace cien años, fue su transfiguración y  paso a la eternidad, y su León, consternado, le lloró sufriendo inmensamente, pues cerraba sus ojos para siempre, la más fulgente, la más esplendorosa de las glorias castellanas.

Uno de los intelectuales que lo acompañaban fue el doctor Mariano Barreto Murillo quien describió aquellos tristes momentos, así: “¡Por fin… aquella gran vida se escapó; mas no intranquila y bulliciosa, como el torrente que salta entre riscos y peñascos, sino lenta, suave, dulcemente, como la flor que se marchita y muere, como el eco que se extingue en la augusta soledad de los bosques”.

El artista leonés José  López tomó la impresión de la cara del bardo recién fallecido y en yeso confeccionó la mascarilla mortuoria que se conserva en una urna en el Museo Archivo Rubén Darío de León. (En Buenos Aires, Argentina, se conserva una copia de la original mascarilla

Fue confeccionada por mí en 1962, por pedimento del rector de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, el doctor Mariano Fiallos Gil,  quien me sugirió hacerlo con los materiales de impresión y para sacar modelos, que usaba como dentista, así lo hice con resultado feliz, y fue llevada la copia, como obsequio para la República Argentina, donde el rector asistiría a un importante cónclave universitario.)

A LAS 10:15 MINUTOS

Alejandro Torrealba se encargó de romper la cuerda del reloj de leontina, marca Ingersol, que Rubén había adquirido en Europa, marcando las 10 horas y quince minutos, hora del infausto fallecimiento, y su hermano Octavio Torrealba, con su lápiz nos legó la efigie del excelso moribundo.

La noticia fue transmitida al mundo y hubo manifestaciones de duelo general. Las exequias duraron ocho días.  Se escenificaron honras fúnebres en la casa de Francisco Castro, en el Ayuntamiento de León, y luego varios días en la Universidad de León, donde se efectuaron veladas literarias. El Gobierno declaró duelo de la Patria. El día 13, domingo, fue el imponente y solemne sepelio, cuya procesión salió de la Universidad, rumbo a la Real Basílica Catedral de León, donde lo esperaba su obispo monseñor Simeón Pereira y Castellón  y todo el clero, para hacerle honores de Príncipe de la Iglesia, el Gobierno le brindó honores de Estado, y en el sepelio participaron delegaciones culturales, religiosas, gubernamentales, de toda América y Europa.

EL CARRUAJE Y LA ALFOMBRA DE FLORES A SU PASO

En el cortejo fúnebre que recorrió las calles de la ciudad, precediendo el carruaje que portaba los restos mortales de Rubén, iban en dos filas a derecha e izquierda, un grupo de canéforas de túnica blanca con crespones negros, portando cestos conteniendo flores, que se encargaron de ir echándolas al piso para que hicieran alfombra al paso de los restos mortales del que iba coronado con hojas de laurel.

Estas señoritas fueron escogidas para ir de canéforas, radiantes de juventud y belleza, por lo que me permito hacer un estudio somero genealógico de cada una de ellas, reflejo de quienes conformaban núcleos familiares de verdadera relevancia en la ciudad metropolitana de aquella época.

JÓVENES QUE LO ESCOLTARON

JULIA BARRETO PORTOCARRERO,  mi madre, (1895-1983), hija del doctor Mariano Barreto Murillo (Chichigalpa, 1856, León, 1927), intelectual, filólogo, escritor de trece libros sobre historia, política, religión, arte, gramática, literatura, poesía, y Evarista Portocarrero Dubón, 1870-1929. Julia fue casada con Aristides Castellón Cortés (1882-1967), hijo de José Castellón Corrales y Carmen Cortés Barreto. Diez hijos.

VIRGINIA ROJAS AGUILAR,  hija del Sixto Rojas, abogado  y de Emilia Aguilar. Casada con Ricardo Barreto Portocarrero, hijo de Mariano Barreto Murillo y Evarista Portocarrero Dubón. Dos hijos.

MARINA ARGÜELLO PEÑALBA,  hija de Santiago Argüello Barreto II, 1871-1940 (filósofo, literato, escritor, poeta, ministro de Instrucción Pública, amigo personal de Rubén Darío) y de Dolores Peñalba Argüello. Casada con Jacinto Alfaro. Dos hijos.

AMELIA ARGÜELLO PEÑALBA,  hija de Santiago Argüello Barreto II,  1871-1940, y de Dolores Peñalba Argüello. Casada con Julio Miguel Martínez Argüello, hijo de Miguel Martínez y Esmeralda Argüello Argüello. Tres hijos.

ESTELA ARGÜELLO PEÑALBA,  fallecida en León, septiembre 1978, hija de Leonardo Argüello Barreto (1875-León, 27-3-1947 México; médico, orador, politólogo, fue presidente de Nicaragua en 1947) y Adela Peñalba Argüello. Casada con Roberto Debayle  Sacasa que fue alcalde progresista de León, hijo de Luis H. Debayle  (amigo entrañable de Rubén Darío) y Casimira Sacasa Sacasa. Tres hijas.

BERTA CASTRO SANTIAGO,  hija de don Francisco Castro (ministro de Hacienda, amigo de Rubén Darío) y de Fidelina Santiago Marrero, nacida en un barco alemán 22-2-1871, bautizada en Perú (hija de Emilio Santiago de Vicente y María Marrero), a quien Rubén dedicó sentidos poemas. Berta murió soltera.

VIRGINIA GONZÁLEZ DUBÓN,  nacida en León, 12-1-1896, políglota, educada en colegios y universidades de Inglaterra, Francia y Estados Unidos, hija de Pedro González Palma (1860-1925) y Josefa Virginia Dubón Alonso (hermana del que fue considerado San Mariano Dubón Alonso), fallecida en 1925. Fue casada con Jerónimo Ramírez Brown (1873-1956), pensador, escritor y político. Cinco hijos.

MERCEDES FERNÁNDEZ QUELQUEJEU,  nació en León 24-9-1896, hija de Fanor Fernández Arauz (nacido en Chiriquí, Panamá, en 1867, falleció en León en 1921) y de Clementina Quelquejeu Arauz (nacida en David, Panamá 1874, fallecida en León, 1921). Casada con  Pantaleón Solórzano Fonseca, 1896-1949.

MERCEDES AYON DUBÓN,  hija de Alfonso Ayon López, 1858-1944 (abogado, escritor, historiador, filólogo, tres veces alcalde de León, ministro de Gobernación, registrador Público) y de María Dolores Dubón Portocarrero, su primera esposa. Mercedes fue casada  1.-) con Rafael Deshon Bermúdez, y 2.-) con Aníbal Balladares. No hubo sucesión.

CARMEN (Carmela) ARGÜELLO PEÑALBA,  hija de Abraham Argüello Barreto (1879-1927, médico) y de Concepción Peñalba Argüello. Fue casada con Julio Villa Morales, nacido en 1853. Cinco hijos.

ANITA NAVAS SALINAS,  hija de Octavio Navas Sacasa (hijo de Vicente Navas Fonseca y Anita Sacasa Sarria) y de Margarita Salinas Bonilla. Se casó con Santiago Desiderio Pallais Godoy (hijo de Jesús Desiderio Pallais Bermúdez y Ángela Godoy). Dos hijas.

“No dejes apagar  el entusiasmo,  virtud tan valiosa  como necesaria;  trabaja, aspira, tiende siempre hacia la altura”.

Rubén Darío, escritor

LEER EL ARTÍCULO COMPLETO | Fuente: La Prensa 


Máscara mortuoria de Rubén Darío en el Museo Archivo Rubén Darío, en León.
LAPRENSA/ARCHIVO.