Por: Miguel Ángel Auladell P..

Rubén Darío retoma la leyenda de Caupolicán en uno de sus sonetos más conocidos que nació en Chile de la historia de un mapuche guerrero.

Rubén Darío publicó su conocido Caupolicán

en el diario santiaguino La Época el 11 de noviembre de 1888. Bajo el título de El Toqui , venía acompañado de otros dos sonetos, Chinampa y El sueño del Inca, agrupados con el nombre de Sonetos Americanos.

Caupolicán fue uno de los más destacados toquis de la raza mapuche. Esta raza indígena defendió sus tierras del dominio español, y luego del gobierno republicano chileno, durante más de tres siglos. Caupolicán se hizo célebre por haber pasado pruebas increíbles para demostrar su poderío y bravura para ser elegido toqui, cargando, por ejemplo, un tronco de árbol durante tres días, sin descanso.

El caudillo mapuche murió en manos de las tropas españolas, siendo sacrificado por medio de sentarlo sobre una pica (estaca aguda enterrada en el suelo). Su cabeza fue cortada y enterrada en una estaca para que todos los indígenas beligerantes adquirieran miedo de los españoles. Sin embargo, el ejemplo de valentía de Caupolicán solo sirvió para aumentar el fervor por mantener la autonomía del pueblo mapuche.

Si bien este poema no apareció en la edición de Azul… publicada en Valparaíso en julio de ese mismo año, fue incluido después en la edición de Guatemala de 1890 junto con otros poemas más.

Mario Benedetti en un artículo titulado Rubén Darío, Señor de los Tristes publicado en 1967, habla de sus poemas concentrados, notales, indiscutibles obras maestras. El poema Caupolicán puede considerarse así, en el sentido de que supone un ejercicio extraordinario de condensación y de aprovechamiento intertextual.La historia de Caupolicán nos ha llegado a partir de una relativamente extensa tradición textual detallada por el gran polígrafo José Toribio Medina, que en general, da cuenta, más o menos fidedignamente, de los hechos históricos que acontecieron en los primeros lustros de la conquista del territorio que actualmente ocupa Chile.

Puede afirmarse que toda reescritura de la historia de Caupolicán recoge una, eso sí, en algunos casos se incluyen motivos nuevos que van enriqueciendo el tema; en otros son el tono o el recipiente genérico los que aportan una peculiaridad sobresaliente y genuina a determinada obra.
Textos como el soneto Caupolicán constribuyen, sin duda, a que podamos emprender esa valoración precisa. Sin apearse de su ideario estético, Rubén Darío configura en dicho texto una miniatura modernista que en apretada, al tiempo que rítmica, actitud sincrética de las culturas precolombinas a través de los ejercicios literarios.

Se ha repetido hasta la saciedad que Rubén habría introducido nuevos textos en Azul… para tratar de paliar en lo posible la acusación de “galicismo mental” que le había propinado Juan Valera en dos de sus Cartas americanas dirigidas al nicaragüense. Esos nuevos textos caminarían por senderos estéticos no tan marcadamente parnasianos ni decadentes, dejarían a un lado lo versallesco e incluso, acogerían algún motivo americano, tal el caso de Caupolicán .

La cuestión es que se añade un reducido número de poemas, la mayor parte sonetos, y que, excepto los Medallones referidos al estadounidense Walt Whitman, al cubano José Joaquín Palma y al mexicano Salvador Díaz Mirón, el resto está referido a parnasianos franceses (Leconte de Lisle y Catulle Mendès) o a motivos típicos del Parnaso como, por ejemplo, las diversas ambientaciones exóticas que presentan Venus y De invierno. Todo ello, sin olvidar el poema titulado A un poeta, de marcada ascendencia romántica, que vaticina uno de los temas más tratados por Rubén, el del poeta y la poesía.

Chile en sus poemas

De la primera edición de Azul… (1888) a la segunda (1890), la sensibilidad de Rubén Darío le hace reparar en la historia del país que le acoge en ese momento. La etapa chilena del autor está protagonizada por su relación con su apreciado Gilbert, seudónimo de Pedro Balmaceda Toro, hijo del entonces Presidente de la República, al que el poeta dedicó su Canto épico a las glorias de Chile.

Al igual que ocurre con Buenos Aires —una de las siguientes etapas biográficas—, el caso de Santiago de Chile es en aquel momento el de esas ciudades emergentes que ven constituirse una pequeña burguesía que va protagonizando la vida urbana, que asiste a un relativo progreso económico y que le acerca más a la cotidianeidad de algunas urbes europeas que a los inmensos territorios que les circundan.

También en cuanto a las corrientes estéticas es determinante ese paulatino cambio social. El caso de la residencia del mandatario chileno es un síntoma extraordinario, puesto que el joven Balmaceda dispone allí de una biblioteca, donde Darío irá conociendo la tradición de la poesía francesa, antes de viajar a París, a la vez que se empapa de los intríngulis de la historia y la política chilenas.

Lejos de lo afrancesado

Caupolicán es un texto paradigmático del intento de alejamiento de lo afrancesado, tal vez incitado por las cartas de Valera, y a la vez, como antesala de otros ejemplos de reivindicación indígena de más fama todavía, como la Salutación del optimista o la oda A Roosevelt, incluidos en Cantos de vida y esperanza en 1905.

No obstante, pueden advertirse en Caupolicán otros componentes característicos del modernismo que —parafraseando a Gil de Biedma— guardan relación con la restauración de la tradición olvidada, y que por lo mismo son también prueba de la práctica culturalista de los escritores finiseculares. Es altamente significativo el hecho de que en la edición de Guatemala, en la cual se incluye el poema, Rubén decida suprimir la extensa dedicatoria a Federico Varela, que encabezaba la edición de Valparaíso y que mostraba una notable pasión culturalista.

Ahora conserva el prólogo del académico correspondiente de la Española, Eduardo de la Barra, e indica en la portada que se trata de la segunda edición aumentada precedida de un estudio sobre la obra por Don Juan Valera de la Real Academia Española.

Podemos preguntarnos si el rubor del poeta impidió la inclusión de aquella dedicatoria de la “enredadera de campánulas”, y ello teniendo presente que aún faltaría bastante tiempo, hasta llegar el año 1899, para que José Enrique Rodó dedicara un artículo a su figura que albergaría la famosa especie que sacada de su contexto hizo tanta fortuna enseguida: “Rubén Darío no es el poeta de América”.

Prueba, sin embargo, del ingrediente americano que Rubén Darío acoge a lo largo de toda su producción es precisamente el soneto titulado primero El Toqui y más tarde Caupolicán, en que se sintetiza uno de los más conocidos episodios protagonizados por ese guerrero araucano.

 

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