Por: Jorge Eduardo Arellano - n.Granada, Nicaragua (1946)
Historiador de Arte, de las letras y la cultura nicaragüense y autor de casi un centenar de libros. Doctor en Filología Hispánica (Universidad Complutense, Madrid). Director de la Academia Nicaragüense de la Lengua (2002).

Desde Madrid, el 27 de septiembre de 1899, Rubén Darío envió una carta a Francisco Paniagua Prado (1861-1932), director de la revista leonesa El Ateneo Nicaragüense, uno de los órganos del modernismo en Centroamérica. Pues bien, reaccionando ante una opinión en contra suya suscrita por Mariano Barreto (1856- 1927), Rubén escribía: “Estas líneas son para ti y los jóvenes intelectual y personalmente generosos que han salido en mi defensa con motivo de la agresión completamente chorotega del pobre hombre Barreto…” Tal opinión no era otra que el “desequilibrio mental” de Rubén, señalado por Barreto en un artículo publicado en La Patria (núm. 5).

Por eso el autor, hasta entonces, de Azul… (1888, 1890), Los Raros y Prosas profanas (ambos de 1896) especificaba muy adolorido: “No habría querido escribir estas líneas si no me llenara de placer el encontrar una juventud noble y estudiosa —cuya existencia no sospechaba— en mi querido León, que ha sabido que yo existo tan solo dos veces en mi vida. La primera para declararme vago, en mi adolescencia; la segunda para declararme loco, cuando he logrado para mi patria original, algo que está a la vista del mundo castellano” y añadía, aludiendo de nuevo a Barreto: “La opinión que este buen señor tenga de mí, por contraria que sea, no me sume por completo en la más profunda desolación. Me consuela un tanto que Heredia, Gourmont, Rachilde, Félix Feneón en Francia, de Brujn en Bélgica, Lutowlasky en Polonia, William Archer en Inglaterra, y otros escritores de otras naciones, no piensen precisamente lo propio que ese curioso compatriota nuestro”.

 

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