(Foto: Escultura en honor a Rubén Darío ubicada en el paseo Sagrera, junto al Consolat de la Mar. M. Mielniezuk .)

Por: Bartomeu Bestard. Diario de Mallorca.

El poeta nicaragüense Rubén Darío encontró la paz y el sosiego en El Terreno, a donde llegó desde París para descansar y escribir.

En este otoño que ya se cierne sobre el mes de septiembre se cumplirán cien años de la última visita que hizo a Mallorca el poeta Rubén Darío, y digo última visita porque el ´Príncipe del Modernismo´ visitó la isla en dos ocasiones.
Félix Rubén García y Sarmiento, Rubén Darío, nació en el departamento de Segovia (Nicaragua) el 18 de enero de 1867. De joven entró a trabajar como empleado en la Biblioteca Nacional de Nicaragua. Empezó a colaborar en algunos periódicos y revistas literarias de su país, como El Imparcial o El Diario Nicaragüense y posteriormente colaboró en publicaciones extranjeras, como es el caso del Mundial, de París. En 1898 vino a España como corresponsal del diario La Nación para cubrir la intervención norteamericana en Cuba. En esa época también residió en París. Ya en 1903 fue nombrado cónsul de Nicaragua en la capital francesa. París, Barcelona o Madrid fueron las ciudades habituales en las que vivió. Fue en esta última donde conoció al mallorquín Gabriel Alomar y Villalonga, el cual „según insinuó Carlos Meneses„ debió invitarlo a pasar unos meses a Mallorca.
Rubén Darío llegó a la isla durante el mes de noviembre de 1906 junto a su amiga Francisca Sánchez y una hermana de ésta. Se instalaron en la calle Dos de Mayo de El Terreno, que por aquel entonces era una de las zonas más privilegiadas de la bahía de Palma. En un periódico de Madrid se describía el ambiente en que vivía el poeta: “… ha buscado refugio en una de las costas más hermosas del mundo, en la magnífica bahía palmesana, desde su casita de El Terreno…” El cronista guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, amigo de Rubén, al visitarlo en su casa de Dos de Mayo, la describió como “una pequeña casita con vista a la bahía y jardín frondoso”. De aquellas primeras estampas que contempló desde su residencia palmesana, Rubén Darío dejará escrito: “Veo el vuelo gracioso de las velas de lona/ y los barcos que vienen de Argel y Barcelona […] tengo arbolitos verdes llenos de mandarinas/ tengo varios conejos y unas cuantas gallinas”.

En la residencia terrenera se congregó lo más granado de los poetas, escritores y pintores que habitaban en Palma por aquel entonces. Además de su amigo Gabriel Alomar, sabemos que frecuentaron las tertulias los hermanos Blanes Viale –oriundos de Uruguay„; Juan Sureda Bimet „con quien acabaría entablando una gran amistad„; Santiago Rusiñol; Gaspar Terrassa; Mario Verdaguer; Ernesto María Dethorey; el dr. Arís; y los poetas Estelrich y Joan Alcover.
De todas formas, no todo fue hacer vida social. De hecho, Rubén Darío había llegado a la isla con la intención de descansar y encontrar la paz necesaria para escribir. Los poemas recogidos en ´El canto errante´ „publicados en la revista Blanco y Negro de Madrid, en 1907„ son algunos de los que escribió durante su primera visita a Mallorca. Juan Sureda recordaba el atardecer que inspiró al nicaragüense escribir ´Revelación´: “Quiso la suerte que llegáramos en tarde roja, con mar enfurecido, lleno de sal el viento y tronante el caracol…”
Tal como apuntó en su día Carlos Meneses, en esa primera visita “Darío parece dejarse inundar por el paisaje mallorquín, sentirse reconfortado con el ambiente apacible y olvidar todo lo que ha dejado pendiente en París”.
En aquellos momentos los versos que escribió hablaban de sosiego y armonía. Hablaban de Palma (“Quietud, quietud… ya la ciudad de oro/ha entrado en el misterio de la tarde…”); de sus monumentos (“La catedral es un gran relicario…”); y en definitiva de esa atmósfera tornasolada que aparece en los atardeceres palmesanos cuando uno se queda mirando al mar y que a Rubén Darío le evocaban imágenes de la Antigüedad (“yo soñé que era un hondero mallorquín”). En esa primera visita el escritor nicaragüense empezó a escribir su obra en prosa La isla de oro, la cual nunca llegaría a terminar.
Unos días antes de finalizar su estancia en la isla „se fue en marzo de 1907„ se organizó una comida homenaje en el Círculo Conservador „a la sazón sede del partido conservador„. Joan Alcover y Gabriel Alomar fueron los encargados de recitar composiciones poéticas en honor de Rubén Darío. El poeta zarpó de la isla agradecido, pues en ella había encontrado la paz y la serenidad que había ansiado en París. “Cuando en mis errantes pasos peregrinos la isla Dorada me ha dado un rincón, de soñar mis sueños, encontré los pinos, los pinos amados de mi corazón…”
A pesar de tener ganas de volver pronto a Mallorca, Rubén Darió tardó varios años en conseguirlo. El mes de agosto de 1913 Juan Sureda recibía contestación a sus reiteradas invitaciones. El ´Príncipe de los poetas hispanoamericanos´ le envió una misiva en la que le anunciaba su pronta llegada a la isla con la intención de pasar una temporada en casa de los Sureda, en Valldemossa. Llegó a mediados de septiembre, aunque esta segunda visita fue muy diferente. Si en la primera visita arribó un poeta en paz consigo mismo, ahora llegaba un hombre atormentado por la idea de la muerte y sumergido en una crisis existencial y de fe, cuyo único refugio fue el alcohol. Se conoce con detalle su estancia en Valldemossa. Pero esa ya es otra historia.

 

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