Por: Joaquín Absalón Pastora.

Acabo de solazarme con la lectura de Justo Sierra puesta la mirada indeclinablemente fija en el párrafo alusivo y en actitud de conmemoración con la lealtad amorosa que todo hijo debe a su padre: el libro.

Descubro en el recorrido en las diversas esquinas de su memoria una confesión sincera sobre la personalidad literaria y revolucionaria de Rubén Darío de quién se exterioriza su discípulo, ciertamente contemporáneo y entrañable aliado con el movimiento del modernismo.

El analista proclama que Rubén es un músico wagneriano. No se requiere la magia de asociarlo a la sensibilidad auditiva cuando se leen sus versos, cuando estos hacen consonancia con el ritmo.

Nadie va a negar que el bastión sonoro de las letras castellanas fue una guzla aplicable no solo al alemán sino de otros compositores que bien caben en el renovado espíritu de la globalización, flor en colección, de categoría universal que no fue de ayer aunque redimida por la modernidad. Rubén no fue jamás un poeta sordo: un vocero peregrino de la lira en esplendor sonoro, con la puerta hacia afuera de la tabla temática.

Por eso exclamaba en sus versos: Ah las trompetas de Wagner. Se pone al lado suyo cuando asiste al espectáculo en epopeya de La Marcha Triunfal. Largo es el alejandrino de Rubén como largas son las notas de Wagner. El sonido en el verso.

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