Por: Ariel Montoya.
El autor es escritor. Preside el Festival Internacional de Poesía de Managua.

Hay a quienes cansa Rubén Darío, y más ahora en este centenario de su muerte cuando se han disparado celebraciones, publicaciones, concursos y eventos artísticos en su nombre y a su obra. Y esto es normal, veamos algunas explicaciones. En la vida hay de todo, y así como algunos no entienden que haya quienes gozan y se deleitan al máximo viendo una pelea de lucha libre o de gallos, hay a quienes no les interesa en lo más mínimo la poesía —al menos en apariencia—, ni ninguna otra expresión artística.Pero eso no es así. Lo que ocurre es que al menos en el caso de nuestro poeta, los que lo conocen a fondo son un grupo reducido de académicos, escritores y admiradores, desconociendo muchas personas sus análisis y formas de pensar sobre el mundo que le tocó vivir, y su visión profética de la ciencia, el porvenir, el desarrollo social y en el caso de su Nicaragua natal, de su fe en la laboriosidad de las nuevas generaciones, con un sentido de pragmatismo, con incidencia en la agricultura, la industria y el comercio internacional.

Con esa visión, él se estaba adelantando a los tiempos con un ejemplar sentido de visión y estadismo, que no lo habrá de superar ningún otro poeta o intelectual ni ninguno de los capitanes o miembros de movimientos literarios posteriores, lo que le da un amplio sentido de predestinación para Nicaragua.Por ejemplo, los miembros del Movimiento de Vanguardia, limitaron en sus inicios sus visos de nación a la figura del mandatario Anastasio Somoza García, a quien posteriormente confrontarían para después fundirse en sus vidas personales y laborales bajo una ornamental misión nacionalista inspirada en las traducciones de la poesía exteriorista estadounidense, las contemplaciones paisajistas e identitarias del nicaragüense y en un cristianismo entablado en la perspectiva del mestizaje indo español, olvidándose del resto del sentido multirracial, mientras que Darío en 1907 gesta un auténtico proyecto de nación, señalando a la juventud de entonces lo plausible de la afición a las letras, pero haciendo énfasis en la economía, los productos naturales y en el accionar político y gerencial para alcanzar el éxito con una locuaz interpretación de que en la puesta en marcha de dichas aplicaciones e investigaciones tecnológicas administrativas estaría el futuro de Nicaragua.Este comportamiento del pensamiento dariano, que no da para atribuirle dotes de filósofo —lo que aún no llega en nuestro entorno nacional y regional—, lo eleva a otras actitudes que facultan el desarrollo de un individuo y una sociedad con un sentido más amplio en la búsqueda perenne de la felicidad propia y la de los demás, como la empatía, esa capacidad intelectiva de alguien que percibe lo que siente otra persona interpretando sus necesidades y tratando de ayudarla.En otras palabras Darío le pone amor a la razón. Y en ese sentido, además de hispanista, sanguíneo heterogéneo, artista, periodista, poeta, político, viajero, pacifista, intelectual, prosista, progresista y multinacional, es además promotor del pensamiento filosófico de Adán Smith, quien crea el concepto de empatía, y quien empalma a su vez con el primer valor del budismo Zen, para crear el primer sistema moral de la era moderna llamado Conciencia Plena. Nuestro poeta es también budista y por lo tanto, empático.Pero estos renglones son relativamente poco conocidos por aquellos cuyos menesteres no son la lectura de la obra del poeta ni del conocimiento de su vida. Ya el Gobierno de Nicaragua al promover masivamente su biografía y obras en escuelas y sitios públicos, municipios de todo el país y embajadas regadas por el mundo está logrando acercarlo más a públicos diversos, nacionales e internacionales, lo que está resultando positivo y que antes no se había hecho. Convendrá también, en este centenario de Darío, promover junto con estas iniciativas, nuevos ángulos como ser empático y visionario para conocerle más allá de las trilladas procesiones de canéforas pueblerinas, de ciertas demagogias declamatorias y de las apercolladas lecturas de algunos versos saturados de ninfas y princesas tristes, para abrir su abanico multicreador y predestinado de una época que él soñó para nosotros.

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