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Por: Dr. Carlos Tünnermann Bernheim - n.Managua, Nicaragua (10/Mayo/1933).
Realizó estudios de Bachiller en Ciencias y Letras en el Instituto Pedagógico de Varones de Managua, es Doctor en Derecho por la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua. Académico de Número de la Academia Nicaragüense de la Lengua (1992).

En su libro de remembranzas del apoteósico retorno a su terruño en 1907 Viaje a Nicaragua e Intermezzo tropical (1909), Darío escribió: “En la juventud predomina la afición a las letras, a la poesía. Yo dije a los jóvenes en un discurso que eso era plausible: pero que junto a un grupo de líricos era útil para la República que hubiese un ejército de laboriosos hombres prácticos, industriales, traficantes y agricultores”.

Darío no solo pregona la trascendencia de los caminos del arte, que él sabe son difíciles y tienen “mil puntas cruentas” para zaherir el alma, sino que también señala la importancia de lo práctico, de lo económico y de lo político. Reafirma la agricultura como base de nuestra economía cuando señala que nuestros productos naturales obtienen buenos mercados en Europa y que el hule los obtendría mejores, si nos preocupáramos de su cultivo e industrialización: “Nuestro café, nuestro cacao, nuestra caña de azúcar, nuestro caucho en la costa norte, solicitan la atención europea, pero no con el interés que se tendría si una investigación fecunda nos ayudara para dar salida, por ejemplo, a esa industria del hule, que en estos momentos se levanta con preponderancia natural, gracias al impulso automovilista”.

 Darío nos está diciendo, con genial visión, que debemos esforzarnos, mediante la investigación, de incorporar “valor agregado” a nuestros productos naturales. Casi un siglo antes que la Cepal recomendara a nuestros países pasar de la “renta perecible”, basada en los recursos naturales y la mano de obra barata, a la “renta dinámica”, que incorpora valor agregado a los productos naturales gracias al progreso técnico. Bien sabía Rubén que el progreso solo se obtiene con “la picota de la investigación en la mano”, para usar sus propias palabras.

Mariano Fiallos Gil nos narra lo que sucedió en la sociedad de poetas leoneses “El Alba”: “En aquel tiempo, escribe don Mariano —y hablo del año de 1907— había una sociedad lírica llamada El Alba. A la venida triunfal de Rubén, el estudiante y poeta Antonio Medrano lo saludó con unos pomposos versos, que finalizaban así: “Escuche tu armonioso verso a mi verso rudo, / Mas que vibra sincero por decir tu alabanza, / Bienvenido en nombre d’El Alba te saludo, / ¿Qué es el Alba? Ya sabes: El alba es la esperanza”. Rubén respondió, descorazonándoles. Les dijo que mejor se ocuparan de cosas más prácticas: “Crezca nuestra labor agrícola —aconsejó— auméntese nuestra producción pecuaria, agradézcanse nuestras industrias y nuestro movimiento comercial bajo el amparo de un gobierno atento al nacional desarrollo. Y que todo eso sea alabado por las nueve musas nicaragüenses en templo propio”.

 

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