Foto: CORTESÍA/Javier Alvarado.
Alvarado visita tumba de Rubén Darío en León, ciudad de Nicaragua.

Por: Rella Rosenshain.

Javier Alvarado, ganador del Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2011 con ‘El mar que me habita’, viajó hace poco a Nicaragua para recibir su libro.

El poeta panameño Javier Alvarado no había nacido cuando el bardo nicaragüense Rubén Darío (1867-1916), máximo exponente del modernismo literario en lengua española, dibujaba con maestría “una princesa” que “está triste” en su Sonatina y le cantaba a “la juventud” como un “divino tesoro” en Canción de Otoño en Primavera.

Sin embargo, las figuras retóricas y los simbolismos que caracterizan la obra de Rubén Darío, quien falleció un día como hoy, 6 de febrero, hace 99 años, han hecho que Alvarado sienta que lo haya conocido, tras adentrarse en sus versos desde que era adolescente.

La poesía hizo posible también que Alvarado viajara a Nicaragua, en donde tuvo ocasión de visitar la tumba del conocido “príncipe de las letras castellanas”, así como la casa que lo vio nacer.

Alvarado, ganador del Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2011 con su obra El mar que me habita, viajó a ese país en primera instancia para recibir la edición de su libro de manos del Instituto Nicaragüense de Cultura, en el marco del XIII Simposio Internacional Rubén Darío. El poeta costarricense Juan Carlos Olivas, Premio Internacional de Poesía Rubén Darío 2013, también fue invitado a la cita para recibir la edición de su premiado El señor Pound.

“Estuve esperando con ansias y paciencia durante más de tres años la edición de mi libro El mar que me habita (…) Tuvimos dos participaciones importantes: nos llevaron a Ciudad Darío a la Casa Natal donde se nos hizo entrega de la edición y dimos una pequeña lectura, y luego en Managua realizamos una lectura más amplia de nuestros poemas en el salón de los Cristales del teatro Rubén Darío”.

En la cita, Alvarado presentó una ponencia sobre la poesía centroamericana como fuente de identidad regional. Su intervención “tenía como misión dar un acercamiento a algunos elementos de identidad de las naciones centroamericanas a través de sus poetas. Fue maravilloso ahondar para ese público tan diverso en los poemas de Amelia Denis de Icaza, Demetrio Korsi, Diana Morán, entre otros”.

¿Qué admira de la pluma de Rubén Darío?
Admiro el giro que hizo con el idioma. Nos dio a los escritores latinoamericanos la gran identidad de tener una literatura nacida desde cualquier parte de América ante España. Una vez le escuché decir al poeta colombiano Juan Manuel Roca que con Rubén Darío le devolvíamos a España las carabelas llenas de oro otra vez y estoy de acuerdo con eso.

¿Desde cuándo sigue su poesía?
A los 15 años tuve mi primer acercamiento a la obra de Rubén Darío en la escuela secundaria con el poema Sonatina. Desde allí seguí leyendo Azul, Prosas Profanas, y en la universidad pude encontrar su Poesía Completa en una mesa de libros usados y sí, lo leía con mucha dedicación. Por eso, ganar el premio ha sido una experiencia mágica; por lo que representa él para la poesía de todos los tiempos. Cuando en 2004 estuve en Valparaíso (Chile) y me enseñaron el sitio donde laboró y demás, fue como recorrer los caminos que tuvo que seguir el vate nicaragüense.

¿En qué consiste la trama de ‘El mar que me habita’?
El mar que me habita se compone de tres partes. La primera parte es un acercamiento mítico de cómo surgió Panamá a través de una supuesta mitología de los gunas. Utilizo elementos de esta cultura para recrear cómo una mujer fue convertida en una franja de tierra y posteriormente hay todo un acercamiento a los mares y a nuestra posición geográfica, lo cual ha redundado en una historia fascinante a través del tiempo. Los demás libros van integrando una serie de poemas históricos, algunos literarios (homenajes a poetas), poemas existenciales, amorosos, eróticos, de ritos caribeños, hasta un poema a Boca la Caja al verla cercada por temibles edificios.

A su juicio, ¿qué papel juega la poesía en la humanidad?
La poesía es una de las pocas pruebas que nos quedan de que aún no nos deshumanizamos.

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