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Por: Dr. Carlos Tünnermann Bernheim - n.Managua, Nicaragua (10/Mayo/1933).
Realizó estudios de Bachiller en Ciencias y Letras en el Instituto Pedagógico de Varones de Managua, es Doctor en Derecho por la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua. Académico de Número de la Academia Nicaragüense de la Lengua (1992).

Si en alguien el mestizaje adquiere su plena dimensión universal y nos muestra sus potencialidades creadoras y renovadoras es en Rubén Darío, cuya misma personalidad tenía cierta grandeza y dignidad de enorme indio chorotega. Esta apariencia física, lejos de crearle sentimientos de inferioridad, le llenaba de legítimo orgullo. Rubén afirmaba tener sangre de indio chorotega o nagrandano, a despecho de sus manos de marqués. En El viaje a Nicaragua, al observar unas mujeres indias en Nindirí, escribe: “A la puerta, o en pequeños corredores delante de ella, vi algunas mujeres de la raza india de Nicaragua, que es la más bella que conozco”. Y cuando en una infortunada ocasión don Miguel de Unamuno dijo que a Darío “se le veían las plumas de indio debajo del sombrero”, nuestro colosal mestizo reaccionó, a lo que podía ser un desprecio, respondiendo dignamente en célebre carta: “Es con una pluma que me quito de debajo del sombrero con la que le escribo”…

La simbiosis cultural que engendró el mestizaje da la razón a quienes sostienen que lo que tuvo lugar en América no fue ni la permanencia del mundo indígena ni la prolongación de Europa. “Lo que ocurrió fue otra cosa, nos dice Uslar Pietri, y por eso fue Nuevo Mundo desde el comienzo”. Simón Bolívar, quien sostenía que “es imposible asignar a qué familia humana pertenecemos”, es otro singular exponente del mestizaje. No era indio ni español. Era venezolano, es decir, indohispanoamericano. Incluso don Benito Juárez, quien era un indio puro zapoteca es culturalmente un mestizo, un mexicano, sin renegar de sus ancestros indios.

 

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