(Foto: Rubén darío, óleo de Juan Téllez Toledo (1907).) Cortesía: LA PRENSA/CORTESÍA.

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Por: Dr. Carlos Tünnermann Bernheim - n.Managua, Nicaragua (10/Mayo/1933).
Realizó estudios de Bachiller en Ciencias y Letras en el Instituto Pedagógico de Varones de Managua, es Doctor en Derecho por la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua. Académico de Número de la Academia Nicaragüense de la Lengua (1992).

Aún sin cumplir los cuarenta años, Darío comenzó a sentirse envejecido. Su mismo aspecto físico delataba los excesos de su bohemia. No es entonces extraño que su estado anímico se reflejara en sus poemas de esa época, impregnados de recuerdos de un pasado que le parecía perdido y lejano. Los recuerdos de su infancia, de su patria pequeña y distante, más la dolorosa experiencia vital que fue siempre su errabunda existencia, afloran en su poesía.

Dominado por la convicción de que se encontraba viviendo una vejez prematura, Darío da a la estampa las composiciones que integran su pequeño libro, de menos de cien páginas, que lleva por título Poema del otoño y otros poemas. Fue publicado en 1910, como parte de la Biblioteca “Ateneo” de Madrid, que dirigía el buen amigo de Rubén, Mariano Miguel de Val, a quien está dedicado el libro. De Val auxilió a Darío en momentos difíciles, como cuando le cedió gratuitamente un local de la Calle Serrano para que pudiera instalar allí la Legación de Nicaragua, en momentos en que Darío dejó de recibir las correspondientes asignaciones del gobierno de Nicaragua.

“Por su edad, nos dice Bernardino de Pantorba, el poeta no entraba aún en lo otoñal de su vida; pero él ya se veía y sentía en tales otoñeces”1. “ En el Poema del Otoño , nos advierte a su vez Jaime Torres Bodet, Rubén se inclina sobre sí mismo; ve lo que ha sido y por qué lo fue. Al hablar en voz baja con su conciencia, habla con la conciencia del mundo que ha descubierto”.

Es interesante reproducir aquí, el parangón que este mismo biógrafo y crítico de Darío hace entre los dos poemas cuyo centenario conmemoramos este año: “Poema del Otoño” y “Canto a la Argentina”. Dice Torres Bodet que el Poema del Otoño es para la corriente poética intimista de Darío lo que el Canto a la Argentina es para sus grandes composiciones cívicas: “Uno y otro – en polos opuestos- señalan las cimas de una doble ascensión, que no le hubiera sido posible si no se hubiese ya despojado de muchas técnicas falsas, muchos adornos fútiles y algunas extrañas polifonías”.

Para darle contenido, Darío incorporó a su libro Poema del Otoño, una sección intitulada Intermezzo Tropical , en la que figuran varias composiciones escritas durante su apoteósico retorno a Nicaragua en 1907, y que ya había publicado en su libro El viaje a Nicaragua e Intermezzo Tropical , editado en 1909 por la Biblioteca de Autores Americanos de Madrid. ( Mediodía, Vesperal, Canción Otoñal, Raza, Canción, A doña Blanca de Zelaya, Retorno, A Margarita Debayle, En casa del Dr. Luis H. Debayle, Del Poema del Otoño ). Todos estos poemas, Rubén los tenía destinados para su libro Poema del Otoño , pero sin saberse por qué, decidió insertarlos antes en su otra obra, El viaje a Nicaragua e Intermezzo Tropical.

El Poema del Otoño , además de estas poesías, comprende otra sección intitulada “VARIA”, de la que forman parte Santa Elena de Montenegro, Gaita Galaica, A Mistral y El clavicordio de la abuela.

Excluyendo los tan conocidos poemas de la sección Intermezzo Tropical , la composición más sobresaliente de Poema del Otoño es indudablemente la que da título al libro. Este solo poema basta para hacer perdurable el libro y considerarlo en la línea de las obras de plenitud de Rubén, en las que se nos presenta más filosófico, profundo e intimista. Mientras, para otros poetas (Leopoldo Lugones, entre ellos) el otoño representa la etapa de la vida para cosechar lo sembrado, época de seguridad interior y claridad de ideas, en Darío el otoño más que preparación para lo inexorable es un estímulo para el gozo sensual y el disfrute de los placeres que aún nos reserva la vida.

Poema del Otoño es uno de los grandes poemas de Darío y una de las cumbres de su poesía intimista, solo comparable con sus celebrados Nocturnos . Sobre Poema del Otoño , Juan Ramón Jiménez escribió: “Si cualquier catástrofe jeolójica (sic) hiciera desaparecer a Nicaragua de nuestra realidad presente, bastaría el Poema del Otoño , de Rubén Darío, para que Nicaragua siguiera incorporada al mundo, mientras hubiese alguien, no ya que leyese, sino que hablara lengua española”.

En este poema, se plantea, afirman Julio Icaza Tigerino y Eduardo Zepeda Henríquez, “la lucha de la carne contra el tiempo Dualidad , ambivalencia sentimental apunta certeramente Pedro Salinas. Hay una especie de contrapunto entre la realidad y el deseo, entre el instinto vital y el inexorable destino impuesto por el tiempo”… El contrapunto y dualidad planteados en Poema del Otoño llevan en sí la angustia del tiempo que padecemos todos los humanos, pero que el poeta siente más agudamente a través del afán de eternización que implica la poesía”.

Torres Bodet nos dice que “A fin de escribir el Poema del Otoño , Darío escogió una estrofa de cuatro versos: dos de nueve sílabas y dos de cinco. ¡Incuestionable acierto, pues la brevedad de los versos aligera el conjunto y la resonancia de los más cortos da a la conclusión de cada período el valor de un eco sentimental! Desde el principio, el diálogo se establece en tono menor, sin énfasis ni reproches. El poeta se mira en el espejo de una poesía directa y franca, y se hace la misma pregunta que podríamos hacernos todos cuantos sentimos, junto a la magnitud del tiempo que dejamos ya a nuestra espalda, la exigüidad del espacio que nos falta por recorrer:

 

“Tú que estás la barba en la mano,

meditabundo,

¿has dejado pasar, hermano,

La flor del mundo?”

“A esta pregunta, el poeta no responde con desaliento, sino con insaciable ansiedad vital:

 

“Te lamentas de los ayeres

con quejas vanas:

¡aún hay promesas de placeres

en las mañanas!”

“Viene luego, de pronto, el remordimiento:

“Huyendo del mal, de improviso,

se entra en el mal

por la puerta del paraíso

artificial.”

“Pero reacciona inmediatamente, con optimismo:

“Y no obstante, la vida es bella,

por poseer

la perla, la rosa, la estrella

y la mujer.”

“Ante ese movimiento pendular –del anhelo a la nostalgia y de la nostalgia al anhelo- Darío opta por una filosofía en que el epicureísmo y el estoicismo parecen reconciliarse”… “Entonces, como Anacreonte y Omar Khayyam, el poeta expresa lo que no siempre hizo en la vida espontáneamente: oponerse al temor de la muerte y de los dolores:

 

“Gozad de la carne, ese bien

que hoy nos hechiza

y después se tornará en

polvo y ceniza

Gozad del sol, de la pagana

luz de sus fuegos;

gozad del sol, porque mañana

estaréis ciegos”.

“Rubén quisiera sobreponerse a la duda –estéril, después de todo- con que terminó la última página de sus Cantos de Vida y Esperanza . Entre la tumba “que aguarda con sus fúnebres ramos” y la carne “que tienta con sus frescos racimos”, parece incitar a los jóvenes a dejar que los muertos entierren a los muertos. Y concluye con esta exaltación del ánimo:

 

“En nosotros, la vida vierte

fuerza y calor.

¡Vamos al reino de la Muerte

por el camino del Amor!”

Según Julio Icaza Tigerino y Eduardo Zepeda Henríquez, “la mayor aventura era la combinación estrófica de versos de nueve y de cinco sílabas. Y, a pesar de los prejuicios mantenidos por los viejos profesores respecto de sus ritmos externos. Darío coronó felizmente la gran empresa de su poema, gracias a su potencia lírica”. “Pero el milagro no reside en eso únicamente. El Poema del Otoño es poesía desnuda de todo ornato, con forma y lenguaje franciscanos, con expresión ceñida; poesía casi sólo en alma y huesos. Sin embargo, es tal su riqueza de fondo, que ésta trasciende a la superficie de la obra, dándole fuerte entonación. Y es un poema equilibrado, prodigio de serenidad verdaderamente clásica, que lo hace aparecer como la más digna antítesis de las espirituales “Coplas” de Jorge Manrique, a las cuales no cede en perfección poética”. Para estos críticos El poema del Otoño es una de las grandes creaciones de la Lengua, en virtud del poderoso lirismo del poeta, de su genio expositivo, y por la dimensión de interioridad y el valor subjetivo del poema”… “Es una obra artística suprema”.

 

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