Foto: Rubén Darío y Francisca Sánchez posan en una de las pocas fotos que quedan de la pareja. A.F.

Por: Pilar Vidal.
  • Francisca conoció a Rubén en la Casa de Campo

  • Vivieron juntos 17 años entre Madrid, París y Barcelona

  • Tuvieron cuatro hijos, sólo sobrevivió uno, Güicho

  • Francisca guardó en un baúl durante 40 años el legado del poeta

Barcelona, octubre de 1914. El barco Antonio López parte del puerto con destino a Centroamérica. En el muelle, Francisca Sánchez se despide entre lágrimas de su amado, Ruben Darío, príncipe de la letras hispanas que se marcha para impartir conferencias de paz en tiempos de guerra. Fue la última de muchas despedidas, nunca más volvería a ver a su amado poeta.

En 1914, Francisca se despidió de Darío en el puerto de Barcelona. Nunca más se vieron

Catorce meses después, una mañana, Francisca se entera por la prensa de que el padre de su hijo, también bautizado Rubén, ha muerto en su casa natal de Nicaragua. Una cirrosis aguda acabó con su vida, recién cumplidos los 49 años. La distancia y la falta de recursos de la época le impiden despedirse de él en el lecho de muerte. Sufre en silencio su ausencia y le guarda riguroso luto durante años. Se aferra entonces a un baúl azul que había comprado cuando ambos vivieron juntos en París y en el que guardó durante 40 años el legado literario, las cartas y objetos personales del nicaragüense.

Esa fue la voluntad de Rubén Darío en los cuatro testamentos que redactó a lo largo de su vida y a los que ha tenido acceso LOC en exclusiva. Una vida de novela que ha querido rememorar la periodista Rosa Villacastin en La princesa Paca (Plaza y Janés),un relato real del que forma parte en calidad de nieta de Francisca Sánchez y cuyo coautor es el también escritor Manuel Reina.

Cada vez que emprendía un viaje largo, Rubén Darío dejaba escrita su última voluntad. Era muy supersticioso: le agobiaba que a su querida Francisca le faltara algo, especialmente dinero. En el último testamento, redactado unos días antes de fallecer, el poeta nombra heredero universal de sus bienes (es decir, su obra) al hijo de ambos, Rubén Darío Sánchez (Güicho, como le llamaba cariñosamente el poeta), que se quedó huérfano de padre a los 9 años, en 1916.

Pero él no fue el único beneficiario. Rosario Murillo también estaba en el testamento, aunque fue incluida tras la muerte de Darío y por imperativo legal. Apodada la Garza Morena, fue la única mujer, de los tres amores del poeta, que llegó a ser su esposa. Eso sí, a punta de pistola y bajo los efectos del alcohol, aunque se trató una boda a todos los efectos. Por eso se le otorgó una legítima de 1.600 reales por la obra literaria del autor, correspondiente a lo que había escrito mientras vivía en Nicaragua.

Darío se arrepintió toda su vida de este forzoso enlace que quiso romper y no pudo a pesar de pedírselo al papa León XIII y de conseguir que el Parlamento de Nicaragua creará la Ley Darío del divorcio. Una normativa que finalmente no le sirvió. En el testamento no venía reflejado lo más importante: Francisca Sánchez se encargaría de proteger su memoria y su legado artístico. Ella fue su verdadera mecenas y también su guía. «Los derechos de autor, hasta la mayoría de edad de su hijo Güicho, los cobró mi abuela. La muerte de éste le partió el corazón a mi abuela, que le adoraba. Yo tenía un año cuando falleció en México, en 1948», afirma Villacastín.

Francisca pudo ser una mujer rica, pero nunca le movió el dinero, pese a las necesidades que pasó y las muchas ofertas que le hicieron por los documentos que guardó celosamente durante más de 40 años en el famoso baúl azul. «Ella siempre dijo que quería que todo lo que había en su interior se quedara en España, como así fue, para que no se desperdigase y se le diera el valor que tenía», desvela la autora.

Una tarde de otoño de 1956 en Navalsauz (Ávila), Francisca recibió la visita del también poeta Antonio Oliver Belmás y de su mujer, la escritora Carmen Conde. Ellos la convencieron para que donara todo el tesoro literario y personal de Rubén al Estado. Ella pidió a cambio un piso en Madrid y que se le pagara la carrera a su nieta Rosi (como cariñosamente la llamaba a Villacastín). La niña fue testigo de aquel encuentro «Desde que nací, dormí con mi abuela, ya que mi madre se encontraba muy débil por el parto. Yo la llamaba Lala y creo que en mí, y después en mi hermana Ángeles, volcó todo el cariño y ternura que no pudo dar a algunos de sus hijos porque murieron a una edad temprana», cuenta emocionada la periodista.

EL FLECHAZO

Aquella tarde, Rosa descubrió que Rubén Darío había sido el gran amor de su abuela. Un flechazo que se produjo en la primavera de 1899, cuando sus miradas se cruzaron por primera vez en la Casa de Campo de Madrid. Él, enviado especial del diario argentino La Nación, departía con Ramón del Valle-Inclán. Ella, hija del jardinero del rey Alfonso XIII, le agasajó con una flor. El poeta quedó tan prendado de la belleza y frescura de Francisca, que entonces tenía 24 años, que volvió días después, esta vez sin compañía.

Este es sólo el principio de un noviazgo que contó con una petición de mano especial. Un momento que el nicaragüense plasmó en una de sus crónicas más aplaudidas, titulada Fiesta campesina: «¡Bello día en el fragante y bondadoso campo! Sale un claro sol, comienzan a verse las ovejas… Y mi burrito sigue impertérrito, en tanto que me llegan de repente soplos de los bosques, olientes a la hoja del pino[…] El traje de la paleta es curioso y llamativo. Más de una vez lo habéis visto en las comedias y zarzuelas. Falda corta y ancha, de gran vuelo, que deja ver casi siempre macizas y bien redondas pantorrillas».

Paca se volvió a casar cinco años después de la muerte de Rubén con José Villacastín, en Navalsauz

El mismo año en que se conocieron, la pareja alquiló un piso en Madrid, en la calle Marqués de Santa Ana, 29. Compraron muebles. Dormitorio, comedor, cocina y una habitación que se habilitó como despacho para él. Francisca era una cocinera especial y se hizo popular por sus almuerzos entre los amigos del poeta. A su mesa se sentaban asiduamente otros literatos como Villaespesa, Valle-Inclán, Manuel y Antonio Machado, Azorín… La sopa de ajo, las chuletas de cerdo adobadas y los chorizos de Navalsauz le entusiasmaban a Darío. Se hacía traer frijoles de su país, y enseñó a Francisca a cocinarlos. Le gustaba terminar con un postre casero y nunca bebía vino en las comidas, siempre agua.

En 1901, La Nación requiere al poeta como corresponsal en París. Francisca y su hermana pequeña, María, se marchan con él. Vivieron allí varios años. Lo justo para que la abulense aprendiera a leer y escribir. Tuvo como maestros a su marido y al poeta Amado Nervo, que vivió con ellos una temporada. Él fue quien la bautizó como «la princesa Paca». Rubén le elegía los trajes, los abrigos, las joyas… Y ella lo lucía como si toda la vida hubiese vestido de este modo. Madame Darío la llamaban los franceses al tratarla. Desde allí eligieron la orilla del Nalón en Asturias, la pintoresca Valldemosa (Palma de Mallorca) y Málaga como lugar de veraneo y descanso.

A pesar de que juntos vivieron momentos maravillosos, pasaban largas temporadas separados. Darío viajaba mucho para dar conferencias y en busca de inspiración. Esto hizo que en los momentos más cruciales de la vida de Francisca, Rubén no estuviera a su lado. Así, se perdió el nacimiento de sus cuatro hijos, la muerte y entierro de los tres primeros y el bautizo y la comunión de su hijo Rubén.

A ella le dolían las prolongadas separaciones de su amado; él la esperanzaba con firmes promesas y con ruegos de que le fuese fiel. Y fiel le fue toda la vida. No se atrevieron ni a hacerle proposiciones; su postura moral les rechazaba de antemano. Y, aunque no vivía espléndidamente, ella sabía que tenía más que todas, porque era la amada de un príncipe.

Su relación epistolar era lo que mantenía viva la llama: «Hoy te escribo aunque hace mucho calor porque te quiero tanto que no quiero que pase un día que no hable contigo», «te tengo un inmenso cariño y no quiero sino que seas dichosa y no pases nunca un mal día».

Ella fue su musa, a su lado escribió algunas de sus obras magistrales como ‘Cantos de vida y esperanza’ o ‘Tierras Solares’. Francisca pasaba las noches en vela a su lado cosiendo y practicando la escritura para que a él no se le fuera la inspiración y evitar que cayera en las garras del alcohol. Sólo conseguía estar abstemio cuando pasaba largas temporadas con ella. «La historia ha sido injusta con ella por el hecho de ser mujer y no ser la esposa legítima. En figuras determinantes de la Historia como Rubén, su biografía es fundamental para entender la obra. En este caso el amor entre ambos fue imprescindible para el devenir de todo. Francisca fue una avanzada a su época en muchos aspectos», asegura Manuel Reina, coautor de la novela.

La abuela Paca se volvió a casar en 1921, cinco años después de la muerte de Rubén, con José Villacastín, en Navalsauz (Ávila). Con él tuvo dos hijos. El varón murió y la niña, Carmen, es la madre de Rosa y Ángeles Villacastín. Con él viajó hasta Managua (Nicaragua) para visitar la tumba de Rubén y también fundó una editorial para reeditar su extensa obra literaria. José gastó su fortuna en rememorar al poeta. Como dice su nieta Rosa, es un personaje que merece novela aparte. Francisca descansa en el cementerio de Carabanchel (Madrid) desde agosto de 1963. Su príncipe, en la catedral de Nicaragua. «Seguramente, Dios te ha conducido para regar el árbol de mi fe, hacia la fuente de noche y de olvido, Francisca Sánchez, acompáñame…».

 

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‘La Princesa Paca’ (Ed. Plaza y Janés), de Rosa Villacastín y Manuel Francisco Reina.

Rosa Villacastín y su abuela Francisca en la casa de Navalsauz donde guardó el baúl con el legado del poeta.

El primer testamento manuscrito, con firma de Rubén Darío en el que nombra heredera a Francisca.
París, 22 de febrero de 1905.