Por: Rafael Azuar.

Francisca Sánchez es la mujer española de Rubén Darío. Murió en un hospital de Madrid, el año 1963, a los ochenta y ocho años de edad. Era natural de Navalsaúz, un pueblecito -apenas dos hileras de casas- de la provincia de Ávila, en la sierra de Gredos. Rubén Darío estaba harto de las vanidades e hipocresías del mundo: «Yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer», confiesa el poeta.

Si a veces se aísla en su torre de marfil y sueña en reinos orientales, en princesas, en países lejanos, lo hace huyendo de la vulgaridad del mundo. Todos los movimientos líricos que se traducen en calidad de la prosa o del verso, nacen por rechazo de la existencia real.

Rubén Darío es viudo de su primera mujer, Rafaela Contreras, que ha muerto desgraciadamente durante una operación quirúrgica. Hallándose completamente borracho y a punta de pistola, es casado a la fuerza con Rosario Emelina, cuyos dos hermanos militares le han tendido una trampa al poeta. Rubén la rechazará luego, solicitará el divorcio, andará huyendo de ella por Francia, por España, por Italia…

Durante su estancia en Madrid, Rubén pasea, en compañía de Valle-Inclán, por los jardines de la Casa de Campo. Rubén tiene sed y ambos se acercan a la caseta del guarda jurado; una joven se queda mirándolos y, atendiendo a la calidad de los visitantes, les regala a cada uno una rosa roja. Mientras bebe Rubén el agua clara, no aparta sus ojos de la moza, que es alta y garrida, de hermosos ojos castaños, casi negros. El poeta siente la llamada de la naturaleza, el frescor del agua, el aire matinal, la belleza de aquella muchacha que le ha ofrecido una rosa… Volverá a verla otras veces, ya solo.

Francisca Sánchez, hija del guarda jurado, se siente atraída por aquella especie de rey, de ojos un tanto oblicuos y profundos, que ha venido a verla desde un país lejano… La pasión de Rubén y el amor de Francisca se corresponden en una entrega absoluta. Rubén irá a visitarla durante las fiestas de Navalsaúz, donde la tierra es a la vez fría y pura, sólo adornada por el heno, el saúco y los chopos, más allá de las murallas de la ciudad de Santa Teresa.

Rubén se la lleva a París, la presenta a Amado Nervo, y es festejada por sus amigos y la alta sociedad francesa. Esta mujer compartirá la vida de Rubén durante muchos años, viajando de un lugar a otro, sin poder aparecer en actos oficiales como su esposa, pues aún está por resolver el divorcio con Rosario. Rubén, al paso del tiempo, se manifiesta cansado de las convenciones, desengañado de tantas cosas, enfermo por el alcohol, hastiado del mundo; algunas veces pierde la memoria; cuando se recupera, la llama en voz baja, como si rezara una plegaria… «Francisca Sánchez, acompáñame…».

La fiel esposa española -casada por lo civil- ha dado a Rubén cuatro hijos, de los cuales sólo uno sobrevivirá. Francisca Sánchez era analfabeta cuando conoció al poeta; Amado Nervo, Manuel Machado y su propio esposo la enseñaron a leer. Desde la muerte de Rubén, Francisca Sánchez se refugia en su pueblo natal, Navalsaúz, y guarda con amoroso cuidado las cartas, los poemas, las cintas y las flores secas, las fotos, aquella vida que vivió con él y los recuerdos, los amables recuerdos de un pasado fantástico que ya no volverá.

 

LEER EL ARTÍCULO COMPLETO | Fuente: Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes