Por: Kimberly Louie.

En las últimas décadas, varios estudiosos han retomado el género literario de la crónica para ampliar sus investigaciones sobre los grandes escritores finiseculares.  José Martí, Manuel Gutiérrez Nájera, Julián del Casal, José Enrique Rodó, Rubén Darío y Enrique Gómez Carrillo son algunos de los cronistas más reconocidos del Modernismo.  Se debe pensar que la mayoría de estos autores eran más conocidos por su obra poética que por su prosa.  Es allí, precisamente, donde incluimos a Rubén Darío y nuestro propósito de estudio: analizar el modo en que el nicaragüense presentó su visión personal del acontecer y el pulso diario de España a los lectores porteños de La Nación.  Darío, como otros poetas, tenía que disponer de otro oficio para ganarse la vida, a saber, ser reportero.  La profesionalización del escritor hacía que grandes diarios, como La Nación de Buenos Aires, contrataran a escritores como Darío para llenar sus páginas con ensayos, cuentos, poemas y crónicas.  El motivo de los cronistas, junto con el de ganarse la vida, era explorar el fenómeno de la modernidad, que estaba cambiando día a día a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX con la irrupción de nuevas tecnologías, la industrialización y el constante crecimiento de la metrópoli.

Atraído a la metrópoli, el nicaragüense viaja hacia la gran ciudad de Buenos Aires en 1893 donde reside hasta el momento en que parte para España en 1898.  Antes de llegar a la Argentina, Darío ya estaba escribiendo, desde 1889, para el diario La Nación así como en El Tiempo, La Tribuna, la Revista Nacional y hasta había fundado la Revista de América con Ricardo Jaimes Freyre en 1894La Nación publicó más de 630 de sus crónicas, poemas, cuentos y hasta unas novelas a lo largo de 25 años.  Este diario utilizó la crónica como herramienta para “ofrecer a su público información sobre lo nuevo europeo y sobre lo nacional, amparada en cierto eclecticismo” (Zanetti 13).  El interés en lo nuevo europeo incluyó la situación actual de España después de la pérdida de sus últimas colonias.

Por eso, el nicaragüense partió de la Argentina el 8 de diciembre de 1898 llegando a la costa de Barcelona el 22 de diciembreA lo largo de 16 meses, Darío publica en La Nación más de 50 crónicas sobre su estancia en España.  La mayoría de estos artículos fueron reunidos por el nicaragüense en un libro España contemporánea (1901).  La primera impresión que Darío nos ofrece de España toma lugar en Barcelona.

“En Barcelona” abre durante su primera mañana en la ciudad donde Darío, a pesar del lenguaje catalán, conversa con uno de los trabajadores y de inmediato sale el tema de la guerra.  Darío le pregunta al desconocido, “¿Qué de nuevo?” y recibe la respuesta, “¿Qué de nuevo?  Lo mismo de siempre: miseria.  Ayer llegaron repatriados.  Los soldados parecen muertos.  Castelar se está muriendo”.  Tenemos una clara representación de la situación de España en ese entonces, es decir, la miseria y la guerra.  No obstante, Darío sigue indagando sobre la vida cotidiana de la ciudad y se dirige a la Rambla donde se encuentra con la muchedumbre y percibe un viento moderno y dice, “he ahí que se transparenta el alma urbana”.  Primero, es necesario señalar el propósito de usar recursos lingüísticos como “he”, que denota un autor-narrador, porque es la manera en que Darío crea una realidad compartida y cotidiana (Rivas Bravo 1998, 38).  Segundo, el nicaragüense siente que hay un porvenir para el catalán, un espíritu listo para modernizar, fuera del pasado que les ha mantenido atrapados.

De ahí, Darío partió a Madrid donde se quedaría por más de un año observando y escribiendo sobre el ritmo cotidiano de los madrileños.  En “Madrid” vemos una clara decadencia del país.  Darío nos cuenta en sus propias palabras, “He buscado en el horizonte español las cimas que dejara no hace mucho tiempo, en todas las manifestaciones del alma nacional; Cánovas muerto; Ruiz Zorrilla muerto; Castelar desilusionado y enfermo; Valera ciego; Campoamor mudo; Menéndez Pelayo…”.  No hay, en esta España, nuevos escritores, todos se aferran a los viejos que ya han muerto o han perdido sus sentidos.  Pinta un aire desesperante para el arte.  El problema, dice Darío es que España está dolorida y vencida por culpa de los políticos que se preocupan por asuntos que no tienen valor social.

Una preocupación que los políticos deben tomar como asunto principal, según Darío, trata de la expansión del mercado, es decir, abrirlo al extranjero.  “Las campañas están despobladas”, dice Darío, “y podrían, si hubiese hombres de empresa y de buen cálculo, repoblarlas; para hacerlo la misma República Argentina estaría llamada a ser la proveedora de cabezas”.  Se plantea aquí una solución a la falta de carne, lo cual trata de repoblar el campo siguiendo el ejemplo de los “españoles de América”.  En este fragmento hay frases como “españoles de América” que buscan crear una conexión de raíces entre España e Hispanoamérica.  Además, invoca al lector porteño mencionando la República Argentina, componente constante de las crónicas de este texto.

A continuación, Darío se refiere al estado de la cultura observando que el comercio del arte está en crisis, tema que aparece cuando Darío examina la situación de las revistas, los libreros, los editores y el teatro.  En “La cuestión de la revista” Darío revela que “España no cuenta en la actualidad con una sola revista que pueda ponerse en el grupo de los grandes periódicos del mundo; […] No faltan escritores de revistas, y la prueba es que las revistas extranjeras tienen colaboradores españoles de primer orden”.  Hay, junto a la crítica por no tener revistas propias, una esperanza porque los escritores allí están, sólo falta que ellos promuevan la labor periodística ser reconocidos no sólo en su país, sino en el mundo.

El estado de las revistas no es el único problema del oficio de escritores en España.  Primero, en “Libreros y editores”, Darío señala el problema del mal estado de las librerías y escasa promoción de nuevos textos, que son “una pobreza desoladora”, al librero que “limita su negocio a dar lo que le piden y no hace ofertas ni recomendaciones” lo cual va contra “todo comerciante [que] hace lo posible por despachar su mercancía y procura colocar y recomendar”.  También, Darío critica al editor que “aquí […] no quiere hacer obras, sino ser contratista de obras hechas” y a las editoriales que no publican nada nuevo sin que alguien pague la edición.  Al final, se deduce, con toda esta crítica, que no hay negocio en las artes españolas, no porque no hay artistas, sino porque el sistema está en desquicio.  No obstante, Darío cree que el desastre ofrece una base para promover el arte, produciendo nuevas novelas, estudios sociales, crítica, anuarios y demás.

Esta misma crítica, acompañada la esperanza, se traslada también al teatro (un tema que interesaría mucho a los lectores porteños por ser siempre un arte destacado de su país), pero aquí vemos una visión más positiva en “Alrededor del teatro”.  A pesar del lugar, “mal cuidado y mal presentado” y “las bailarinas, seguramente improvisadas para el caso” Darío comenta que, “en estos últimos años ha habido loables tentativas de renovar el ambiente teatral, de sacar la atención del mundo de las chulapas y de los chulos.  Se ha traducido algo moderno”.  Lo moderno incluye obras de Ibsen, Sudermann, Lavedan, Dumas, Sardou, Pailleron, Guimerá, Dicenta, Benavente, Ruiz Contreras.  Observamos, entonces, no sólo el deseo de modernizar el teatro, sino también, como vimos con los periodistas, una larga lista de artistas capaces de obtener éxito.  A Darío, le gusta esta palpitación del teatro madrileño, sólo falta modernizarlo, limpiar y cuidar a los teatritos y poner en escenario mejores obras de teatro, de las que el país ya dispone.

No obstante, la literatura y el arte no son los únicos problemas que Darío encuentra en la España finisecular, sino también los que se relacionan con la enseñanza.  En “La enseñanza”, Darío no se detiene en decirnos directamente: “La ignorancia española es inmensa.  El número de analfabetos es colosal, comparando con cualquiera estadística.  En ninguna parte de Europa está más descuidada la enseñanza”.  La fuerte crítica directa nos deja pensando en el mal estado de la enseñanza en general.  En esta dirección, Darío sigue explicando que no hay enseñanza de gramática en la primaria, cosa necesaria para aprender cómo estudiar y como resultado de la mala educación primaria y secundaria pocos españoles llegan a la universidad.  Los que sí son educados vienen de familias ricas, de la nobleza y están en escuelas privadas de ingleses o fueron enviados a otros países europeos donde pueden recibir una buena educación.  Para Darío, la injusticia de la mala educación tiene que ser corregida y plantea una solución que es simplemente que se enseñe a todos cómo leer .

Es importante reconocer aquí la estrategia discursiva que Darío implementa a lo largo de esta crónica para dar sus opiniones sobre el estado de la enseñanza española sin haber tenido experiencia ninguna con ella.  De acuerdo con Andrés de Quintián, es la manera en que Darío hace referencia a sus fuentes diciendo “persona de valía me demuestra”, “Unamuno ha dicho”, “me dicen”, “los refiere persona muy culta”, “el catedrático de griego de la Universidad de Salamanca” o así mismo Azorín, Valle Inclán y Pío Baroja influyeron o coincidieron con él en las críticas, que da validez a sus opiniones.  Se deduce que la información dariana sobre el estado de la enseñanza viene de gente, muchas veces artistas e intelectuales, española.  Es pertinente aplicar esta estrategia discursiva a casi todas las crónicas para entender que Darío hablaba con la gente, para luego traducirlo para sus lectores porteños.  Esto representa, además, la verdadera inclinación de él hacia el periodismo y su labor de investigación.

La auténtica representación que Darío ofrece a sus lectores porteños de La Nación aparece en las crónicas de viaje compiladas en Tierras solares (1904).  Aunque algunos críticos ubican las crónicas de España contemporánea (1901) dentro de las de “viaje”, nosotros hemos elegido esperar para usar este término hasta este texto en particular porque es aquí donde vemos más el ritmo diario de cada ciudad y no sólo la reflexión sobre la España después de la pérdida de las colonias.  Su visión es más personal, menos crítica y captura el ambiente de cada ciudad.

De esta manera, entramos, de nuevo, con Darío a Barcelona donde llega en “busca de sol y salud”.  De inmediato vemos su cambio de perspectiva cuando dice:

Cuando os escribí de España fué a raíz de la guerra funesta.  Acababa de pasar la tempestad.  Estaba dolorosa y abatida la raza, agonizaba el país.  […]  Hoy, al pasar, mi impresión es otra.  Desde hace algún tiempo se ha notado un estremecimiento de vida en la Península.  Cierto que las políticas y los politiquistas continúan con sus ruidos inútiles y sus discursos verbosos  […] Pero, fijaos bien: una fragancia de juventud en flor llega hasta nosotros.  […]  He ahí los buenos pensadores de la nueva España que piensa.

Ahora, vemos un pensamiento “moderno” que viene de la juventud, una de las esperanzas darianas que percibimos en la primera crónica de este estudio.

Asimismo, Darío hace hincapié en la mayor producción industrial y cultural.  Por ejemplo, hay importaciones y exportaciones de artículos y el periodismo ha mejorado publicando “excelentes revistas de ideas y de arte, y libros de ingenios y talentos bregadores presentados en formas artísticamente llamativas y de bella tipografía”.  Recordemos que Darío ya creía en los catalanes en sus primeras crónicas de España, pero su lenguaje esta vez es más positivo, todo conlleva una luz, una realidad vibrante en plena modernización.

La modernidad también ha llegado a Málaga, la segunda ciudad de este texto y la crónica más larga de todas.  Darío empieza revelando que “Hay callejuelas estrechas y antiguas, y las ventanas adornadas con los tiestos de albahacas y claveles, como en los cromos; hay bastante morisco y no poco medioeval.  Mas, del lado del mar, surge una Málaga cosmopolita y nueva, y más que cosmopolita, inglesa, durante laseason”.  Elegimos este pasaje porque demuestra la preocupación dariana por la modernización.  Se la percibe a través del contraste de la ciudad antigua que tiene ventanas adornadas con flores y la cultura árabe seguido por ese “mas” que da la sensación que el cosmopolitismo es todo menos bueno.  Esto es debido a la invasión de los ingleses después de que Mr. Richard escribió su “Hand-Bock for travellers in Spain”.  Es decir, eso no es la modernización que buscaba Darío porque se trata de la inversión extranjera que crea la modernidad.

Además, Darío observa que hay todavía carencias alimenticias para los pobres porque el precio de la carne sigue alto.  A pesar del hambre en el pueblo, Darío nos ofrece una buena ilustración del mercado al aire libre en donde el autor revive “la pasada existencia de los mercados populares” (Rivas Bravo 2001, 26).  No obstante, no es sólo la fruta que interesa al poeta, sino también las mujeres, tema frecuente en su poesía y que aparece en sus crónicas.  Nos dice, “He de celebrar siempre, ante todo y después de todo, el hechizo de la mujer malagueña, indudablemente la primera en hermosura en todo el reino de belleza que es la tierra de España”.  Las mujeres son variadas, algunas tentadoras y otras de alta moralidad, pero Darío no distingue entre ellas, sino, “todas, todas caben en la admiración plural de Rubén, siempre asomado al despierto gozar de sus sentidos… o de su fantasía.  Indudablemente Málaga y Andalucía le sirvieron lindos manjares a sus recuerdos” (Sánchez-Castañer 1976, 244).  Hemos visto en Málaga, entonces, la modernización, calles activas, mejor producción agrícola en los mercados populares y la figura de la mujer malagueña paseando por la ciudad.

La representación que Darío nos ofrece de la próxima ciudad, Granada, cumple con otra función de la crónica de viaje modernista que es, “la reflexión sobre la pervivencia del pasado en el presente (Rivas Bravo 1998, 21).  Esto es lo que vemos en Granada y al abrir la crónica Darío relata, “Así el progreso moderno conduce al antiguo ensueño”.  Observamos la ciudad moderna al lado de la antigüedad cuando Darío nos da una descripción actual del paisaje que ve desde la gran Alhambra, palacio y fortaleza construido a mediados del siglo XIV por los moros.  Darío pinta la imagen:

Desde la Alhambra se mira el soberbio paisaje que presenta Granada y su vega deliciosa.  A la derecha, la antigua capital, el barrio actual del Albaicín, con sus tejados viejos, sus construcciones moriscas, su amontonamiento oriental de viviendas; al frente, la ciudad nueva, en que la universalidad edilícia sigue el patrón de todas partes; á la izquierda, la verde vega, con sus cultivos y sus inmensos paños de billar; más acá, cerca de la mansión de encajes de piedra, los cármenes, estas frescas y pintorescas villas, donde los granadinos cultivan en los ardientes veranos sus heredadas gratas perezas, sus complacencias amorosas y sus tranquilas indolencias.

Los varios ángulos presentados aquí, uno mirando a la derecha, otro al frente, otro a la izquierda, demuestran la yuxtaposición entre el pasado y el presente y ofrecen al lector una manera de sentirse allí, al lado de Darío, mirando hacia el lado desde donde se ve la antigua capital y hacia el otro donde se percibe la ciudad nueva.  No obstante, para Darío lo más importante de Granada es la historia.  En efecto, en esta ciudad no hace falta la modernización, sino la apreciación del espíritu antiguo que se encuentra en la Alhambra y el Generalife.

Desde Granada, Darío sigue su viaje y aunque es invierno ha “hallado rosas en Sevilla”.  En esta crónica, el nicaragüense se enfoca en lo que “nos comunica su pasado” porque allí se encuentra “el encanto íntimo de Sevilla”.  Esta es la Sevilla que Darío recomienda al lector y no la que ven los turistas que vienen a la Semana Santa y la feria, que “son notas singulares” de la maravilla de Sevilla.  La realidad sevillana se encuentra en “el ambiente misterioso y solemne” de la ciudad cotidiana (Sánchez-Castañer 1976, 232).  Para Darío, el encanto de Sevilla está en la melancolía de sus jardines, los del Alcázar sevillano, de la Gruta, el cenador del césar Carlos V, está en la iglesia y en la pintura tradicional.  Invocando al lector implícito, por medio de imperativos, Darío construye casi una guía turística de Sevilla cuando se refiere a la acción visual al escribir: “Ved ese retrato del tiempo viejo, ved ese caballero firmado por Valdés Leal y ved esa espada antigua”.  Esto es lo que un turista debe buscar en esta ciudad, lo que el lector implícito está viendo, el encanto que se encuentra en la gloria de lo tradicional.

Lo tradicional español aparece también en nuestra última ciudad de Tierras solares, Córdoba.  Darío conserva el interés del lector porteño mencionando la Córdoba de la Argentina mientras pasa por la ciudad notando que es aquí donde ha encontrado más el ambiente de antigüedad.  Otra vez, Darío se enfoca en lo tradicional, el laberinto de las calles, los intelectuales cordobeses y los personajes, como Pepita Jiménez, que crean esta ciudad.   Por consiguiente, observamos que en Tierras solares, Darío se centra más en lo personal, no critica la ciudad, sino que adopta una perspectiva que celebra la antigüedad, la España tradicional.

De la visión personal presentada en Tierras solares, nos tratamos también de las crónicas de Opiniones (1906) publicadas en La Nación sobre España.  Ingresamos, entonces, en Opiniones y la crónica, “En Asturias: Desilusión del milagro” donde estamos con Darío en Oviedo, un pueblo “donde tiene su asiento principal esa ciencia internacional y periódica que posee sus mejores representantes españoles”.  El enfoque principal de esta crónica, es el tesoro de reliquias que se encuentra en la cámara santa de Oviedo como “una pequeña parte de la sábana santa en la cual envolvió José de Arimatea el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo”, u “ocho espinas de la Corona Sagrada, de la Corona cruel que los judíos pusieron en la cabeza de Nuestro Redentor”, o “un pedazo de caña que los judíos pusieron á Cristo por burla”, o “un pedazo de la túnica inconsútil [que Darío no logra ver], o “uno de los treinta dineros por que Jesucristo, nuestro bien, fué vendido por Judas”, o “una parte de la vara con que Moisés dividió las aguas del mar Rojo”.  Esta crónica nos ofrece una parte de la antigüedad de la iglesia católica española que todavía existe como parte de la cultura.  Nos da la impresión de Oviedo como lugar lleno de historia religiosa, destino privilegiado para los interesados en el tema.

Dejando la religión en el arca santa, Darío pasa por la playa para darnos una buena crónica, “En Asturias: A la orilla del mar”, sobre la vida cotidiana de los pescadores del pueblo San Esteban de Pravia.  Darío nos relata un día en este pueblo empezando con “las mañanas doradas de sol, ó empañadas de brumo, son tranquilas y serenas.  Por la calle no pasa más que una que otra vendedora de pescado”.  De la mañana tranquila, vemos que “Por la tarde salen, con el sol aún picante, las lanchas de los pescadores”.  Entendemos que la vida cotidiana acá gira en torno al oficio de pescar, que se trata de hombres que viven en pobres habitaciones y que pocos tienen un huertecito para sembrar maíz, patatas y coles.  Con esta vida, Darío siente tranquilidad y relata, “El carácter de estas gentes curtidas por vientos y mares es pacífico y amable”, no se pelean, se ayudan y confortan y son generosos.  No obstante, Darío se preocupa de que “Esta quietud, esta pasividad, este tranquilo reposo en la naturaleza ha de cambiar con las invasiones de vida moderna que están transformando a España”.  Es la preocupación de la globalización que no dejaría ningún “rincón del mundo en donde refugiarse”.  A pesar de expresar angustia por la universalización, Darío termina el día observando que “las puestas del sol no son aquí […] El sol, al irse, no se muestra sino a través de opacidades que apenas se tiñen de una difusa claridad de viejos oros”.  Con esta buena descripción placentera de una jornada en un pueblo de pescadores español, se concluye el análisis de las crónicas que Darío mismo compiló en textos.

No obstante, para terminar con nuestro estudio, proporcionamos un breve resumen de las crónicas de La Nación que Darío nunca reunió en forma de libro, como hemos visto hasta ahora, porque no le parecieron de las mejores (Schmigalle 2006, 12).  Por ejemplo, en Crónicas desconocidas: 1901-1906, editado por Günther Schmigalle, se encuentran unas ocho que tratan de temas españoles.  Los temas incluyen la celebración del tercer centenario del Quijote y la vida de Miguel de Cervantes, la figura de Alfonso XIII como parte de la cultura española y el anarquismo español.  Además de estas crónicas, hallamos siete más, publicadas en La Nación entre 1894 y 1897, en Escritos inéditos de Rubén Darío, anotados por E. K. Mapes.  Los temas de estas incluyen una charla sobre la traducción hecha del Infierno de Dante, una crítica de Almafuerte de Gustavo Adolfo Bécquer, la importancia de la figura de Menéndez y Pelayo en España y la figura de María Guerrero en que señala, “que la regeneración de España está en la europeización y en una renovación de sus valores históricos” (Quintián 79).  Para nosotros, ha sido importante revelar la existencia de todas estas crónicas de La Nación para poder demostrar la gran cantidad de textos que Darío realizó sin publicarlos fuera del periódico.  Estas crónicas son numerosas y todavía hay espacio para futuras investigaciones de ellas.

En conclusión, nuestro viaje con Darío a través de España ha ofrecido a nosotros como ofreció a sus lectores porteños finiseculares, la visión personal del acontecer y pulso diario de los españoles.  En la primera complicación de crónicas, España contemporánea (1901), Darío, desde su punto de vista moderno, se enfoca en la situación actual del país después de la pérdida de sus últimas colonias.  Junto a su fuerte crítica de la política, el arte, la religión y la educación, surgió una esperanza de un porvenir mejor para el país.  Por otra parte, en Tierras solares (1904), vimos crónicas de viaje en que Darío revela, desde el interior, su percepción de cada ciudad, sea de las calles, de la modernización, de la gente o de la antigüedad.  Su acercamiento al pueblo español resulta más positivo, sólo expresa su interés por el hambre, mientras que celebra su carácter tradicional.  En Opiniones (1906), tuvimos la mejor representación de un día entero con Darío en el pueblo de pescadores y una nueva creencia en la tradición católica.  Finalmente, pasamos por las crónicas poco conocidas de Crónicas desconocidas:1901-1906  y Escritos inéditos de Rubén Darío, para demostrar la gran cantidad de escritos darianos no publicados por el autor fuera del gran diario La Nación de Buenos Aires.  Con su lenguaje vivo y siempre intencional, Darío nos ha dejado sus impresiones de España que, seguramente, serán leídas y estudiadas en años venideros.

Kimberly Louie. Arizona State University

 

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