Por: Phyllis Rodríguez-Peralta. Temple University.

La espectacular brillantez en la poesía de Rubén Darío se atenúa en sus últimas producciones; despojada en gran parte de su elaborada ornamentación, ella adquiere un tono suave y restringido, a menudo otoñal.
Pero es esta última poesía la que trae a su arte unidad y cohesión y contribuye al completo conocimiento del poeta. Darío constantemente entabla discusiones con sus primeros poemas, de manera que una idea o una emoción, anteriormente cubierta con las sonrisas de Venus o los sonidos de la flauta de Pan, de nuevo se revelan en luces pálidas o sombrías.
Conflictos y deseos solamente sugeridos bajo el brillo y la decoración de su temprana poesía son ahora vistos con claridad en la desnudez de sus últimos trabajos.
Las confesiones de desilusión, de agotamiento, de creciente angustia, unidas a su esfuerzo de mantener sus ilusiones de belleza y armonía, aparecen en tres colecciones: El canto errante (1907), Poema del otoño y otros poemas (1910) y Canto a la Argentina y otros poemas (1914), y en poesía dispersa desde 1907 hasta 1916, el año de su muerte.

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