Por: Alejandra González Centeno.

Las damas siempre fueron su inspiración. Sus musas. Sin embargo fueron tres las mujeres que marcaron su vida y se entregaron al amor del poeta. Conozca la historia de cada una de ellas.

Se rehusaba a dejarla ir. Hortensia Buislay, aquella muchachita trapecista a la que iba a ver actuar religiosamente todas las noches al circo que recién había llegado a León, había despertado los primeros deseos eróticos en un puberto Félix Rubén García, de poco más de 13 años. No tenía dinero para las entradas, pero eso no era problema; se hizo amigo de los músicos y entraba al circo como parte de la banda, cargando el estuche del violín o las partituras para poder admirar a la circense norteamericana.

Cuando el circo nómada levantó carpas el joven quiso irse también. Aseguró que era bueno para hacer payasadas e hizo una audición, pero, con más de poeta que de payaso, no pasó la prueba. El espectáculo errante se fue y él se quedó sin Hortensia.

Sin embargo, a los 13 años cumplidos, ya había experimentado sus primeros deseos sensuales, los cuales fueron despertados por su prima Isabel, a quien llama “Inés” en su cuento Palomas blancas y garzas morenas. Siempre había admirado su belleza. “Mi prima Inés era rubia como una alemana”, describe. Y un día decidió confesarle su amor. Estaban sentados a la luz de la Luna y le dijo lo que sentía. “¡Ve! La tontería…”, respondió ella, y corrió hacia donde su abuelita estaba. El poeta lloraba desilusionado. “Lloraba lágrimas amargas, ¡las primeras de mis desengaños de hombre!”, afirma en el cuento.

Las mujeres como musas

“En Rubén Darío los sentimientos amorosos y la admiración por la mujer despertaron muy temprano”, afirma Carlos Tünnermann Bernheim, uno de los principales estudiosos de Rubén Darío en Nicaragua. Desde pequeño escribía versos y poemas a las niñas que asistían a las fiestas y convivencias de la época. Sus musas fueron las mujeres.

En palabras de la novelista y periodista Helena Ramos, “Rubén nunca trató de ocultar que para él la mujer era una fuente de inspiración en sus múltiples formas. La mujer era una especie de quinta esencia de la inspiración”.
Sin embargo la escritora asegura que Darío no era un conquistador; era más bien un admirador, ya que la belleza le impactaba profundamente.

Y si bien la mujer, el amor y el erotismo son temas recurrentes en su poesía, la influencia de una imagen femenina es trascendental. “La influencia va más allá. Él no necesariamente dedica el poema a tal o cual figura, sino que su recuerdo, su influencia o su aura, por así decirlo, puede estar presente en una trama que no tenga que ver directamente con ella”, explica Ramos.

La garza morena

“¡Me caso!”, dijo entonces a sus amigos. Rubén Darío tenía 14 años y trabajaba como secretario de la Biblioteca Nacional. Asistía a las tertulias literarias y fiestas sociales de la Vieja Managua. Y en una de esas reuniones conoció a Rosario Emelina Murillo Rivas.

Queda atónito. “Él la escucha cantar y se acompañaba del piano, tocaba muy bien. Para Darío, era la reencarnación de la mismísima Afrodita, la divinidad de la belleza y del amor”, cuenta Tünnermann Bernheim. “Rostro ovalado, ojos verdes, cabellera castaña, color canela y rosa, boca cleopatrina”, así la describía el poeta. De aquella joven de unos 11 o 12 años Darío recibió su primer beso.

Les dijo a sus amigos que quería casarse y la carcajada fue homérica. Para que “se le quitara la idea” lo enviaron a El Salvador, luego fue a Chile, publicó Abrojos y Azul y volvió a Nicaragua. Y, como en un episodio de novela del siglo XIX, tuvo “la mayor desilusión que puede sentir un hombre enamorado”. Pues su “garza morena” tuvo un amorío con un hombre mayor que incluso fue presidente durante la época. “Quién fue ese bandido que te vino a robar tu corona florida y tu verso nupcial”, escribiría.

Y aun así, al regresar, quería casarse con ella, pero no tenía trabajo, así que partió hacia El Salvador, donde le ofrecieron ser director del diario La Unión.

El poeta encuentra a Stella

Una vez en El Salvador se entera de que unas hermanas, a las que conoció durante su infancia en León, viven también allá: Rafaela y Julia Contreras Cañas. Va a visitarlas. Rafaela era una joven de baja estatura, grandes ojos negros y tez morena; graciosa y simpática. “Tal vez no era tan bella como Rosario, pero era atractiva, y además de eso muy inteligente”, asegura Tünnermann.

Cuando Rubén era director del diario La Unión un periodista costarricense, Tranquilino Chacón, le llevaba cuentos de una autora desconocida para que los leyese. El seudónimo era Stella y publicó seis cuentos en el diario.
Darío preguntaba por la autora. No sabía quién era aquella mujer que escribía tan bien y con estilo modernista. Él y Rafaela Contreras eran amigos, casi novios ya. Finalmente Chacón le confiesa que Rafaela Contreras es Stella y se casan el 21 de junio de 1890. Al día siguiente el general Carlos Ezeta da un golpe de Estado a Francisco Menéndez, este, al enterarse de que su general de confianza es quien quiere quitarle el poder, cae muerto de un infarto. Era el benefactor de Darío, quien le había dado trabajo.

Se negó a colaborar con el gobierno de Carlos Ezeta y le quitaron la dirección del periódico. Así que parte hacia Guatemala junto con Rafaela Contreras y se casan por la iglesia. Tras el cambio de gobierno en Guatemala, se va para Costa Rica, donde los familiares de su esposa. Y ahí nace su primogénito, Rubén Darío Contreras. No tiene trabajo y apenas sobrevive con las colaboraciones que envía a diferentes diarios.

Y de repente le llega un nombramiento de Nicaragua: secretario de la delegación que va a España al cuarto centenario del descubrimiento de América, en 1892.

Se despide de su hijo y su esposa y es recibido en España como un poeta conocido y aclamado.

Cuando regresa a León, Nicaragua, de su misión en España, recibe una carta de San Salvador. Es de su esposa, está gravemente enferma y va a ser intervenida quirúrgicamente, que ore por ella. Pero él tiene la corazonada de que su esposa ha muerto. Y así es. El 26 de enero de 1893 muere Rafaela Contreras. Para Tünnermann Bernheim, Rafaela Contreras era la mujer ideal para Rubén Darío. “Es la mujer con la que Darío hubiese sido feliz, pues también era escritora de cuentos al estilo modernista”, asegura.

Sabe que la hermana de su difunta esposa era una mujer adinerada y decide encargarle a ella el cuido de su primogénito. Después de la muerte de su esposa se deprime. Cae en un estado de postración por el alcohol. Bebe, bebe, bebe. Se mantiene medio dormido, medio despierto. Hasta que un día decide levantarse y su madre está con él. Es la segunda vez en su vida que ve a su madre y es ella quien le ayuda a salir de su estado de depresión.

“Rubén nunca trató de ocultar que para él la mujer era una fuente de inspiración en sus múltiples formas. La mujer era una especie de quinta esencia. No era un conquistador. Él podía enamorarse porque admiraba la belleza, a él le impactaba eso profundamente. Era un admirador sincero y pasional”. Helena Ramos, escritora y periodista rusa.

El reencuentro con la garza morena

Siguiendo con la trama novelesca que lleva la historia, un día, un amigo del poeta lo invita a dar un paseo en carruaje, en coche de caballos. El recorrido era normal hasta que pasaron por la calle de El Triunfo. Ahí, en la puerta de una de las casas, está Rosario Emelina Murillo, el amor de juventud de Rubén Darío.

No se dijo más. En enero de 1893 murió Rafaela Contreras y el 8 de marzo de ese mismo año se casó con Rosario Murillo, sin embargo, no fue una boda común.

“Un día se van a la costa del lago a una casa a la que el hermano de Rosario, Andrés Murillo, les insinuó que fueran a pasar la tarde… pero todo eso era un plan. Se van los novios y por supuesto están en un gran romance. En eso se aparece Andrés Murillo con una pistola diciendo: ‘Usted le ha faltado el respeto a mi hermana, tiene que reivindicar su honor. ¡Cómo es posible!’”

“Aunque Darío negó aquellas acusaciones empezaron a darle whisky y lo llevaron a la casa de Francisco Solórzano Lacayo en el barrio Candelaria, donde ya tenían preparado al cura, al notario, los testigos y todo estaba listo. Y lo casaron con pistola en las costillas”, relata Carlos Tünnermann Bernheim.

Más tarde Rubén en su biografía escribiría que le tendieron una trampa, que fue “una historia de violencia y engaño”.
Después del matrimonio parten para Colombia, pues el presidente del país sudamericano le había ofrecido a Rubén el puesto de cónsul en Buenos Aires, Argentina, pero en Panamá, Rosario Murillo se enferma de gastroenteritis. Se ve grave y Darío le recomienda que se vaya a Managua para que la atiendan mejor.

El poeta se va a Buenos Aires, se escriben cartas, pero ya no es lo mismo, la comunicación va disminuyendo. Y no se volverán a ver hasta mucho tiempo después.

La princesa Paca

En 1898 el diario La Nación busca a un periodista que quiera ir a España para describir cómo se encuentra el país luego de la guerra contra Estados Unidos. Y Rubén se ofrece. Sobrevive escribiendo una serie de crónicas al diario La Nación.

Un día, estando en España, Rubén decide salir a pasear con Ramón del Valle-Inclán a Navalsáuz, en Ávila. Ahí está ubicada la casa de campo de los reyes de España. Pidieron permiso para entrar, porque querían conocer los jardines del lugar.

El nombre del jardinero de la casa era Celestino Sánchez y su esposa se llamaba Juana del Pozo. Y ahí estaba su hija de 24 años. Francisca Sánchez del Pozo, cuidando a sus seis hermanos menores. Ella le regaló flores y cuando se vieron el poeta quedó impresionado por su belleza. Regresó a los dos días, pero esta vez solo.
Luego de llegar a visitarla en diferentes ocasiones le propone que se vayan a vivir juntos a Madrid. Aunque no pudieron casarse convivieron 16 años. De su relación sobrevivió un hijo, Rubén Darío Sánchez, quien sería el heredero universal de Rubén Darío.

Rubén Darío quiso separarse de Rosario Murillo para casarse con Francisca Sánchez. Lo solicitó al Vaticano, pero le fue denegado. Así que en Nicaragua se creó una ley llamada Ley Darío, que establecía el divorcio por separación de mesa y cama. “Rubén tenía más de diez años de estar separado de Rosario. Eso era perfecto. Pero la astuta de Rosario se había dado cuenta de los propósitos de Rubén y viajó a París, acompañada de un notario, hasta su casa, y le dijo que le diera alguna ayuda. Yo te voy a dar el divorcio si me das 10,000 francos. Rubén le da 2,000 francos, porque no tenía más”, cuenta Tünnermann Bernheim.

Inmediatamente Rosario le indica a su abogado que tome nota, que él acaba de responderle como esposo. Y el divorcio se frustra. No puede casarse con Francisca. Y a pesar de las críticas sociales de la época, deciden seguir viviendo juntos.

Francisca Sánchez era una joven humilde, campesina y analfabeta. Rubén Darío y Amado Nervo le enseñaron a leer, sin embargo, su ortografía era muy mala. Muchos estudiosos aseguran que Sánchez fue el gran amor de Rubén Darío. Se decían “mi conejo” y “mi coneja”. Ella le decía también “tatay” y le escribía numerosas cartas diciéndole cuanto lo quería. Amado Nervo la bautizó como “la Princesa Paca”.

El amor y la muerte

Fue feliz durante 16 años con Francisca Sánchez. Al estallar la Segunda Guerra Mundial, se refugia en Barcelona y su amigo Alejandro Bermúdez Alegría lo convence de ir por el mundo en una gira en favor de la paz. Francisca Sánchez se opone, pero decide partir.

Octubre de 1914. En el muelle Francisca se despide entre lágrimas de su amado. Nunca volvió a ver a su amado poeta. Rubén va a Nueva York, pero las conferencias de paz no tienen éxito. Alejandro Bermúdez se va, él se queda solo, viviendo de una pensión de “mala muerte” y contrae pulmonía.

Va a Guatemala. Escribe a Buenos Aires para irse con Francisca y su hijo a Argentina, pero el gobierno guatemalteco intercepta las cartas y solo logra enviar una. Le llega un poco de dinero y le envía a su amada y a su hijo, a quién llama “Güicho”.

Rosario Murillo se entera de que está en Guatemala y va a buscarlo y lo lleva a Managua. En León es recibido con fanfarria y grandes honores. Su salud se agrava. Lo operan y entra en agonía.

El 5 de febrero de 1916 dicta su testamento y recibe la extrema unción. Y muere a las 10:15 de la noche del día 6, en los brazos de Rosario Murillo.

Del otro lado del Atlántico, en España, Francisca Sánchez escuchaba a un vendedor de periódicos gritar: “¡Ha muerto un príncipe!” El día 9 de febrero, cuando sus amistades empiezan a llegar a darle el pésame, cae en cuenta que aquel príncipe cuya muerte anunciaban, era su conejo, su tatay.

 

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“Rubén Darío y sus tres musas de carne y hueso”, pintura al óleo de Celia Lacayo.