Por: Francisco Fuster. Heraldo de Madriz.

César González-Ruano gustaba de precisar que no es lo mismo ser un escritor “de periódicos”, que un escritor “en periódicos”. La diferencia que establece la preposición, insistía el articulista madrileño, es la misma que existe entre el periodista de profesión que ejerce una labor básicamente informativa, y el escritor vocacional que, por circunstancias de la vida, derivadas por lo general de la necesidad de supervivencia, se ve obligado a levantar parte de su obra literaria sobre ese noble – pero siempre efímero – andamiaje que son las hojas de un diario o de una revista.

Si cito estas palabras es porque creo que sintetizan muy bien la distinción que conviene hacer a la hora de hablar del autor del libro que pretendo prologar con estas breves páginas. Porque, aunque el destino y la historiografía literaria hayan querido que se le conozca sobre todo por su poesía, Rubén Darío fue también – y muchas veces al mismo tiempo, compaginando la devoción por el verso con la obligación de la prosa – un escritor “en periódicos”, por usar la categoría acuñada por González-Ruano. Como otros modernistas hispanoamericanos que publicaron buena parte de sus textos en ese soporte (desde José Martí hasta Enrique Gómez Carrillo, pasando por Julián del Casal o Manuel Gutiérrez Nájera), Darío fue durante casi toda su vida periodista. De hecho, fueron sus colaboraciones en prensa las que le posibilitaron vivir de su pluma con una solvencia que ni los irregulares ingresos recibidos por esos cargos diplomáticos que a temporadas desempeñó, ni las ridículas ganancias obtenidas por la publicación de sus libros le hubiesen permitido.

Creador de una vasta obra poética cuya originalidad estilística ha sido unánimemente aceptada, Darío fue asimismo autor de una importante y no menos renovadora obra en prosa en la que ocupan un lugar central sus artículos periodísticos, recogidos en títulos ya clásicos como Los raros (1896), España contemporánea (1901), La caravana pasa (1902), El viaje a Nicaragua (1909), Letras (1911) o el ahora reeditado, Peregrinaciones (1901), por citar solo algunos. Y es que, como ha explicado Ángel Rama, el escritor nicaragüense formó parte de ese grupo de modernistas hispanoamericanos que integraron “la brillante generación de los periodistas, a veces llamados a la francesa «chroniqueurs», encargados de una gama intermedia entre la mera información y el artículo doctrinario o editorial”. En este sentido, se puede decir que Darío fue uno de esos poetas que, no pudiendo vivir de sus versos, tuvo que reinventarse como escritor para adaptar su preciosista y recargado verbo a la demanda de ese exigente público que a principios del siglo XX leía la prensa para informarse y cultivarse. Este proceso gradual de búsqueda y adecuación (no digo conversión porque nunca dejó de ser poeta) tuvo lugar en esa escuela o laboratorio de experimentación que fueron para él los periódicos, empezando por los pequeños rotativos locales de Nicaragua o Chile donde publicó sus primeros escritos, y siguiendo por su feliz llegada al prestigioso diario La Nación de Buenos Aires, a cuya plantilla se incorporó como corresponsal en 1892, para permanecer como firma en nómina durante casi veinticinco años.

Fue en la prestigiosa página 3 de La Nación donde perfeccionó su prosa hasta hallar la fórmula mágica en un estilo personal – aunque de reconocida influencia francesa – capaz de saciar la curiosidad de un público argentino deseoso de saber lo que ocurría en Europa, sin tener que sacrificarlo todo al contenido, pues como él mismo dijo en el prefacio a sus Cantos de vida y esperanza (1905), “la forma es lo que primeramente toca a las muchedumbres”. Además, y para acabar de redondear el éxito, Darío encontró para su prosa inconfundible un molde perfecto en ese género periodístico híbrido, la crónica, que él y otros modernistas de su generación contribuyeron a dignificar. Y fue, por supuesto, en La Nación donde se publicaron los textos que luego dieron cuerpo a Peregrinaciones. Darío, que siempre había tenía como meta visitar París (en eso no le podemos considerar una excepción, sino parte de la regla general), vio cumplido su sueño cuando, a principios de 1900, la redacción del periódico porteño lo eligió como corresponsal para cubrir la información sobre la Exposición Universal que iba a tener lugar ese año en la capital francesa. Y aunque ya había visitado la ciudad de la luz en 1893, ahora tenía la oportunidad única de hacerlo como enviado especial para contar a toda la Argentina – y, por extensión, a toda América – un acontecimiento de impacto y alcance no solo europeo, sino mundial.

Como contó años después en su autobiografía, el París de la Exposición Universal con la que se cerraba un siglo y se abría otro fue para él “un deslumbramiento milunanochesco” que permitió a sus “ojos despiertos” y ansiosos de novedades deleitarse con “panoramas que sólo había visto en las misteriosas regiones de los sueños”. Es lo que se deduce de la lectura de las primeras crónicas – luego convertidas en capítulos de libro – publicadas en La Nación entre mayo y septiembre de 1900. Nuestro autor recorre todo tipo de palacios y pabellones nacionales embriagado por ese oropel que todo lo envuelve: obras de arte, inventos prodigiosos, avances científicos y tecnológicos; todo es fascinante y digno de comentario.

Son crónicas en las que Darío se adentra en esa ciudad-monstruo que era el París fin de siècle para revolver sus tripas y sacar a flote toda la inmundicia, toda la indecencia de una sociedad infectada con el veneno de su doble moral. En cualquier caso, y por lo que nos contó en estas Peregrinaciones, Darío quiso vivir todas esas experiencias y quiso emborracharse de una ciudad que le atrapó por lo bueno y le ganó por lo malo: “El influjo y el encanto de París son los mismos para todos; mas cada cual los recibe conforme con su temperamento y su manera de encarar la vida. París es embriagante como un alcohol; hay personas refractarias a todas las alcohólicas intoxicaciones. Hay quienes hacen de París su vicio”.

 

LEER EL ARTÍCULO COMPLETO | Fuente: Heraldo de Madrid 

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