Por: Mario Urtecho.

Tras quince años de ausencia, el poeta deseaba volver a ver su tierra natal. “Había en mí algo como una nostalgia del Trópico”, dijo

Ainicios del siglo XIX, y en el contexto de su política expansionista, Estados Unidos fijó su primer área de ensanche en zonas donde España tenía valiosas colonias: Cuba y Puerto Rico en el Caribe; Filipinas, las Carolinas, las Marianas y las Palaos en el Pacífico, presas fáciles de arrebatar por la crisis política de su metrópoli desde el fin del reinado de Isabel II. La geofagia norteamericana desembocó en la guerra de 1898 contra España, que al ser derrotada perdió Cuba (proclamada república independiente bajo tutela de US
A), Puerto Rico, Filipinas y Guam, convertidas en dependencias coloniales. La pérdida de estas posesiones de ultramar ocasionó graves repercusiones en la península ibérica, las que la dirección de La Nación quiso dar a conocer en Sudamérica, seleccionando a Rubén Darío para cumplir con tal propósito.

El 22 de diciembre de 1898 desembarcó en Europa, donde residiría el resto de su vida. Barcelona le pareció fecunda de energía, y gustó del humor catalán, que afirmaba que de acá se proveía de obreros a la colmena española, mientras el resto de España estaba poblada de zánganos. El 1º de enero de 1899 entró por segunda vez a Madrid, y sus primeras impresiones contrastaron con el auge visto en Cataluña. Sobre esta realidad enviará a Buenos Aires cuatro crónicas por mes, redactadas con su don de intuir la realidad subyacente bajo la exterioridad sensible. Conversa e interroga durante horas para informarse y mantener la excelencia de su labor; visita lugares que le provean datos, lee sobre historia, costumbres, política y el pensamiento de España, e iza visible su bandera de independencia intelectual e iconoclasta.

Desde 1892 -su primera visita- fallecieron varios de los mejores de las letras españolas (Zorrilla, Cánovas del Castillo, etc.), y otros como Campoamor y Castelar estaban en su ocaso. Sobrevivía Juan Valera, Núñez de Arce y Menéndez Pelayo, quienes justipreciaron sus creaciones y liderazgo en el modernismo. La condesa de Pardo y Bazán lo invitó a sus tertulias, donde departió con la alta aristocracia y lo mejor de la inteligencia española, y lideró a los nuevos escritores, entre ellos el que será el más grande de la Generación del 98: Juan Ramón Jiménez. Despidió a Emilio Castelar con una crónica imperecedera, juzgó a los poetas castellanos y caracterizó irreverente a los miembros de la Real Academia Española. Después de un año había escrutado y mostrado desde La Nación el alma de España finisecular.

Muy a su pesar reconoce que hay una España que no inspira entusiasmo, que los políticos logreros, caciques provinciales, el clero y los generales no reaccionan ante el desastre nacional, siendo inaudito que la continúen gobernando los que la llevaron al desastre, en vez de estar en la cárcel, o llevados al cadalso. Lo más desolador es la indigencia mental y la incultura general. Entre tanto desconsuelo una brisa refresca su alma: Francisca Sánchez, y una carta despeja su pensamiento: La Nación lo envía a París a darle cobertura a la Exposición Universal de 1900. Con tal misión cruza los Pirineos, visita el santuario de Lourdes, y entra a la Ciudad Luz, que arde de entusiasmo con la presencia de todas las razas, todas las lenguas y una abigarrada muchedumbre vestida con los trajes más vistosos y pintorescos del planeta.

A los 33 años Darío está en su plenitud mental, y aunque la bohemia impone el uso del tiempo, sus crónicas llegan puntuales a La Nación, profusas de imágenes, metáforas y juicios de valor sobre la Exposición, en especial, la parte artística, incluido un ensayo estético sobre la obra de Rodin y las joyas artísticas del museo del Louvre. En el frecuentado bar Calisaya conoció a Laurent Tailhade, uno de Los Raros, a Hugues Rebell, experto en arquitectura, y a Henry de Groux, pintor extraño y extraordinario. Una tarde, en compañía de Ernest Lejeneusse, Henry de Brouchard y el vizconde de Groze, vio acercarse a un grande, Oscar Wilde, autor de El retrato de Dorian Gray y De profundis, que pobre y olvidado vivía en un cuartucho del Hotel d’Alsace, en la Rue des Beaux-Arts, oculto en el seudónimo de Sebastián Melmoth, para protegerse de la insidia humana.

Después de Francia viajó a Italia a cubrir las expresiones del Año Santo, ocasión que aprovechó para admirar en Turín mármoles maravillosos y bronces cautivando hermosuras y pinturas excelsas; evocar en Génova la memoria del Almirante de la Mar Océano; recordar en Pisa a Galileo y conocer en San Pedro al nonagenario León XIII, que vestido de blanco en silla escarlata le pareció una perla en un pétalo de rosa. Conoció los sitios emblemáticos de Roma y Nápoles, donde visitó la tumba de Virgilio, el Vesubio y las ruinas de Pompeya; estuvo de paso en Florencia y navegó en góndola los canales de Venecia. En 1901 publicó España contemporánea, Peregrinaciones, y la 2ª edición de Prosas profanas, a las que agregó las Ánforas de Epicuro. En 1902 murió Carmen, su hija con Francisca Sánchez, a la que no conoció.

Concluida la Exposición Universal varios intelectuales hispanoamericanos se quedaron en París, entre otros, los argentinos Manuel Ugarte y Ángel Estrada, Rogerio Irurtia (escultor); los venezolanos Miguel Eduardo Pardo, Manuel Díaz Rodríguez, Rufino Blanco Fombona y César Zumeta; el pintor mexicano Alfredo Ramos Martínez; el colombiano José María Vargas Vila y su acólito nocherniego Gómez Carrillo. Los amores breves y tempestuosos se suceden uno tras otro -incluida una ex reina de Madagascar- y sus ininterrumpidos bacanales, además de protagonizar excesos absurdos, excéntricos y hasta indecorosos, le mantienen su economía en bancarrota. Sin embargo, su cosmopolitismo errante lo impulsa a viajar, conocer, asimilar y disfrutar otras culturas.

Así entre 1903 y 1904 se le ve en numerosas ciudades de España -Málaga, Madrid, Barcelona, Andalucía, Granada, Sevilla, Córdoba-, cuyas crónicas serían publicadas con el título Por tierras solares y de brumas. También viajó por Francia, Inglaterra, Alemania, Italia, Bélgica, Austria-Hungríay Tánger, África. Al volver a París supo que el presidente Zelaya lo había nombrado cónsul general en París, cargo con el que Darío cree que llegó su bienestar y estabilidad económica, sin embargo, sólo le aumentó su intranquilidad. Su jefe en Europa fue Crisanto Medina, torpe y chabacano, a cuyo padre se le atribuyó el asesinato de Ignacio Sarmiento, abuelo de Darío, drama que generó mala voluntad contra el nieto, agravado, porque había oído que Darío es un gran poeta, y según su criterio ¡los poetas no sirven para nada!

En 1905 una metamorfosis cautiva a Darío. Padece delírium trémens, y a excepción de Francisca, soporte moral, no quiere saber de nadie. Se ha vuelto irascible, descontento, poseído por el terror de la muerte; no puede estar solo en la noche ni cerrar los ojos si no es con la alcoba iluminada, pues teme que con las sombras los muertos se sientan invitados a entrar. Está obeso, tiene la nariz y los labios prominentes y gruesos, sus movimientos lentos, la palabra escasa, postrado y en franco deterioro. En semejante crisis creó Canción de otoño en primavera (Juventud, divino tesoro, / ¡ya te vas para no volver!…), una de sus joyas líricas, en la que concentró las esencias sentimentales de su vida. Entonces tenía 38 años, pero el vacío provocado por la inmensa pesadumbre interior lo hacía sentir como si hubiese vivido un siglo.

Aún impactado por la muerte de su hijo Phocas, escribió Letanía a nuestro señor Don Quijote y Epístola; publicó Cantos de vida y esperanza. Los cisnes y otros poemas -incluido Salutación del optimista- y la 2ª edición de Los raros. En 1906 viajó a Bélgica, Inglaterra y Brasil, como secretario de la delegación de Nicaragua a la Conferencia Panamericana de Río de Janeiro. En Buenos Aires, La Nación le ofreció un banquete. Regresó a París -centro de la neurosis, ombligo de la locura, foco de todo surmenage- y pasó el invierno en Palma de Mallorca. Apareció su libro Opiniones, y prologó Alma América, del peruano José Santos Chocano. En el verano de 1907 Rosario Murillo llegó a París buscando reconciliación. El poeta la rechazó. En octubre nació Rubén Darío Sánchez (Güicho), y después viajó a Nicaragua.

Ahuacalí, Managua, agosto 2015

 

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