Por: Steven F. Whitel. Catedrático de St. Lawrence University.

El analista en literatura descubre rasgos ecológicos en el pensamiento del poeta nicaragüense y lo argumenta en algunos de sus textos inspirados en la naturaleza y en sus vivencias.

Debido a la enorme amplitud de temas y preocupaciones en su obra, Rubén Darío suele ser caracterizado como un profeta de numerosos movimientos literarios y corrientes sociopolíticas posteriores a su vida. A veces es un afán demasiado forzado querer apropiarse del genio del poeta por fines tan variados. Como nunca era suficiente analizar su relación con los recesos oscuros del pasado, se ha buscado atisbar el futuro por medio de la figura brillante de Darío. Sin embargo, la forma de ser y estar en el mundo del poeta nicaragüense por medio de su poesía, sí podría servir para iluminar las crisis ecológicas que nos impiden legar un porvenir a nuestros hijos. Uno de los estudiosos más destacados del relativamente nuevo campo de la ecocrítica, Lawrence Buell, habla de lo que él llama el discurso tóxico definido como la angustia expresada que nace de las amenazas ecológicas que son el resultado de modificaciones químicas producidas por las acciones humanas (Buell 2001, 31). Contra la contaminación contemporánea y la percepción adolorida de las tragedias actuales que se extienden hacia el mañana, habría que buscar en poemas como Allá Lejos, La Canción de los Pinos, Coloquio de los Centauros, Tutecotzimí, Reencarnaciones, Augurios, Pájaros de las Islas y Nocturno (“Los que auscultasteis el corazón de la noche…”) las ideas que permiten entender de una manera cabal, la importancia del medio ambiente que nos sostiene a todos. La ecocrítica abarca la relación entre la literatura y el medio ambiente físico no en términos figurativos sino de la manera más literal posible, lo cual es un desafío formidable al considerar poemas cuya base científica corresponde al pensamiento pre-ecológico hace un siglo.

Sin embargo, hay en Darío indicios de corrientes ecocríticas muy actuales, sobre todo, si se mantiene la mente abierta a la relación entre lo físico y lo metafísico. Por cierto, el ambiente caracterizado por cualquier forma de expresión artística se asemeja hasta cierto punto a una zona biótica con toda la complejidad de microsistemas ecológicos coexistiendo en el movimiento dinámico y armonioso que menciona el mismo Rubén al hablar de Miss Isadora Duncan en su libro Opiniones (1906): “Para Miss Duncan no es precisa la música, o la música en el sentido helénico, está en ella misma, la música silenciosa de sus gestos. La danza, según su teoría, se ritma por la música pitagórica, y el ritmo de las esferas, el ritmo de todo lo existente, se resume en su propio rítmico movimiento, al impulso musical de su espíritu” (Darío, 1990, 265). El resultado de esta perfección, según Rubén, es el ensueño, un estado de trance en la persona capaz de apreciar la asombrosa belleza de un mundo ahora amenazado. Si el lector actual logra recrear a través de la poesía dariana este asombro ante las complejas relaciones armoniosas de la naturaleza, el efecto es doble: se resucita Darío como sub-especie clave de Homo Sapiens (iluminando un camino contra la extinción) y se genera una nueva identidad ecológica que posibilita una vida prolongada de las demás especies.

 

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