Foto: El perro del ciego” es el título del cuento para niños que Darío publicó el 21 de agosto de 1888, en Chile.
Cortesía: EL NUEVO DIARIO/Letzira Sevilla Bolaños.

Por: Letzira Sevilla Bolaños.

152 años se cumplen desde aquel 18 de enero de 1867, cuando los dolores de parto estrujaron a Rosa Sarmiento, quien dio a luz al hijo que concibió del mal matrimonio que la familia le arregló con Manuel García.

Sarmiento es la madre de Félix Rubén García Sarmiento, el hoy inmortal Rubén Darío, “El Príncipe de las Letras Castellanas”, y lo trajo al mundo en el humilde pueblo llamado por aquellos tiempos Metapa, cuyo nombre mutó a Ciudad Darío, como recordatorio de que fue el Belén del más grande poeta que ha parido la tierra pinolera.

El niño que no creció con sus padres, sino con sus tíos maternos en León, nació con el don de la palabra, la música y la belleza apelmazados en un arte que llamamos poesía. A corta edad no solo leía, sino que componía versos por lo que recibió el mote de “El poeta niño”.

Y fue en esa etapa de niño cuando Darío empezó a mostrar su genio y curiosamente los temas que aborda no son los de la dulce infancia, sino que a los 12 años más bien nos sorprenden con sonetos como el titulado “La fe”, en el que la preocupación existencial lo inquieta y la mística lo inunda, lo inspira, al ensalzar la luz que representa la fe para el hombre agobiado ante la incertidumbre y el dolor. También destaca su elegía “Una lágrima”, escrita a los 13 años, en la que expresa una pesadumbre quejumbrosa por penas de amor. Son las de esta época, composiciones en las que se percibe claramente la huella de Zorrilla, “Campoamor”, Núñez de Arce y Ventura de la Vega.

Sin embargo, más allá de esas obras prematuras que cimientan la carrera del escritor, su madurez y su legado se empieza a solidificar cuando inicia a moldear los versos castellanos con una adaptación de los alejandrinos franceses.

De sus grandes obras se han escrito, se siguen y se seguirán escribiendo millones de páginas, pues siempre hay algo novedoso en el legado de un hombre que con su pluma logró que un país pequeño como Nicaragua saltara a los ojos del mundo por ser la gran patria del que revolucionó las letras castellanas.

Más allá de sus poemas y cuentos más famosos, influenciados por el parnasianismo y el simbolismo francés, en los que el amplio universo temático atrapa a sus lectores, hoy volvemos la mirada a un Rubén Darío que podemos llamar “para niños”, con composiciones melódicas y prosas moralizantes dirigidas a captar la atención de los más pequeños del hogar.

Poesía
Según la obra “Literatura Nicaragüense”, de Jorge Eduardo Arellano, la literatura para niños en Nicaragua tuvo en Rubén Darío un narrador excepcional.

“En sus piezas no solo elaboró artísticamente muchas formas modernas. También creo, con maestría insuperable, el cuento en verso y la poesía de temas infantiles”, se lee en el texto.

Aunque Darío nunca escribió un libro que podamos llamar para niños, no podemos perder de vista la fascinación que sobre los menores ejercen composiciones como “A Margarita Debayle”, “Sonatina” y “Los motivos del lobo”. Más allá del contenido de los versos, es innegable que la musicalidad de estas piezas líricas funcionan como una especie de imán para los pequeños que se dejan seducir por el arte declamatoria.

La génesis de “A Margarita Debayle”, el escritor y estudioso dariano de origen alemán Günther Schmigalle la fecha en marzo de 1908, cuando Darío, en una visita a Nicaragua, vacacionó en la isla de “El Cardón”, a solicitud del doctor Debayle. Es así que conoce a los vástagos de este: Luis Manuel, de 14 años, Salvadora, de 12, y Margarita, que tiene apenas siete. A cada una de las niñas les dedica un poema siendo el más conocido el inspirado en la más pequeña.

“A Margarita Debayle” es sin duda uno de los cuentos en versos armoniosos qué más han recitado los niños en lengua española, desde que fue publicado hasta el día de hoy, tal como lo deja ver el poeta español Luis Alberto de Cuenca en el prólogo del libro “Tan bonita Margarita, tan bonita como tú…”.

Sobre el poema, De Cuenca escribe: “los españolitos de mi generación lo sabíamos de memoria y hemos hecho que nuestros hijos se los sepan también ‘par coeur’”.

El laureado poeta y crítico literario comparte cómo la niñez de muchos niños, particularmente la de él y la de su hermana, fue marcada por los versos darianos en el siguiente relato: “los domingos por la mañana, antes de ir a misa de 11, mis padres nos invitaban a mi hermana y a mí a reunirnos con ellos en su alcoba, y ahí los cuatro, enfundados en nuestros respectivos pijamas y camisones, nos dedicábamos a jugar al doble o nada, o a leer poemas de Rubén. Era mi padre quien leía en voz alta sin eludir el sonsonete que musicalizaba la sesión. Utilizaba las ediciones sueltas de Darío aparecidas con el sello de Afrodisio Aguado: unos libros pequeños que hacían juego con el tamaño de los oyentes”.

Son las metáforas diáfanas, sus musicales rimas y el inocente motivo inspirador los que hacen de “A Margarita Debayle” uno de los inmortales clásicos al punto que los padres de hoy no solo pueden recitarlo a sus hijos sino también disfrutarlo por medio de videos en los que la historia se cuenta acompañada de dibujos animados que realizan las acciones de cada verso. ¿Hay forma más amena para captar la atención de un niño?

Melodioso como todos, con “Sonatina” vemos a Darío recurrir al cuento fantástico en el que las hadas juegan un rol que determina el rumbo de la vida de la princesa, sobre todo en lo que al amor respecta, como anunciadora de la llegada del príncipe azul que traerá la felicidad a la niña falta de ilusión.

En “A Salvadorita Debayle”, Schmigalle advierte que a diferencia del poema dedicado a Margarita, este es mucho más serio y también menos conocido: “Es un poema, muy serio, un poema de consejos, casi una admonición. Se ve que Darío, con su sensibilidad extrema, sintió en la niña de 12 años una ambición que podía resultar fatal para las aspiraciones más finas y más altas de su alma”.

Prosa
“El perro del ciego” es el título del cuento para niños que Darío publicó el 21 de agosto de 1888, en Chile.

El citado cuento podríamos describirlo casi como un tratado moral en el cual Darío se dirige directamente a los infantes y los increpa a ser buenos. Su fundamento está en inculcarles valores como la solidaridad y el respeto para que el buen Dios los premie.

El argumento es, sin duda, uno de los más tristes en la literatura para niños en el cual Darío hace uso de la moraleja para enseñarles a los pequeños que todas las acciones malas tienen consecuencias, porque “el buen Dios se irrita con santa cólera”.

El protagonista es Paco, un niño que maltrataba a los animales, golpeaba a sus compañeros de clase y se ensañó especialmente con un pobre ciego al que le dio de comer un alacrán en medio de dos rebanadas de pan y posteriormente le dio de comer vidrio molido al perro que le servía de lazarillo. Por estas acciones, Paco se sentía regocijado mientras el pobre ciego lamentaba su desgracia y tropezaba por doquier. El tiempo pasó y el niño malo enfermó de viruela, sufrió muchos dolores y finalmente murió.

“Niños, sed buenos. El perro del ciego –ese melancólico desterrado del día, nostálgico del país de la luz– es manso, es triste, es humilde; amadle, niños. No le procuréis nunca mal, y cuando pase por la puerta de vuestra casa, dadle algo de comer. Y así ¡oh niños! seréis bendecidos por Dios, que sonreirá por vosotros, moviendo, como un amable emperador abuelo, su buena barba blanca”, así concluye Darío su historia aleccionadora.

No obstante, si repasamos la obra dariana encontraremos que en muchos de sus poemas y cuentos necesitamos los adultos volver a sentirnos niños para disfrutarlos en todo su esplendor.

Fuente: El Nuevo Diario