Por: Nadine Lacayo Renner.
Socióloga.

Agradecida me siento por la ilustración que nos hace Jorge Eduardo Arrellano acerca de la diferencia y aplicación de los conceptos: “dariano” y “dariísta”, además, por las listas que ofrece sobre los “senior” y “junior” de los “dariólogos” o más exactamente: los sabios que en este caso son los “darianos” (abundantes aunque no inmensurables) y los genios (unos cuantos, algunos muertos) que serían los “dariístas”. Algo por el estilo derivo de la definición que hace en su artículo.

Estando bien lejos de esas “listas”, yo ignoro si existen indicadores o criterios para considerar si estas son en realidad acertadas y por lo tanto, no tengo capacidad de cuestionarlas. Por el contrario, estoy obligada a creer en ellas y más aún, a creer ciegamente como quien le cree a Stephen Hawking que asegura que “la información cuántica que lleva incorporada la materia jamás se destruye” o que la “lista de estrellas que conforman la constelación de Orión se encuentran a 1,500 años de luz de la Tierra”, que nunca he contado ni constatado, pero que lo dice un científico o un genio calificado incuestionablemente.

Sin embargo, me aflige que en ambos casos, la cantidad de darianos y peor, de dariístas sea tan escasa en Nicaragua. Yo estaría conforme y feliz si, a los que llama JEA “darianos”, efectivamente fueran abundantes, masivos y constituyeran un mar inmenso de personas en Nicaragua, porque entre más, será mejor para el desarrollo de la cultura del país. No creo que esto esté sucediendo porque a Rubén Darío no se le conoce como se debería (ni en los hogares, ni en las escuelas ni en las universidades).
La abundante ignorancia está relacionada con la poca cantidad de darianos y con el bajo nivel de influencia que los dariístas de la “lista”, han tenido y tienen sobre los gobiernos y la sociedad.

 

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