Por: Álvaro Enrigue.

Sobre lo que hay consenso es sobre el hecho de que Rubén Darío produjo la “Salutación del optimista”

completamente borracho, pero hay versiones contradictorias sobre cómo lo hizo. Todo el mundo conoce el poema, o cuando menos su delirante primer verso: “Ínclitas razas ubérrimas, sangre de España fecuanda”.

El hecho no es importante por lo que tiene de pintoresco y divertido, sino porque es a partir de entonces que se abre definitivamente el campo de la poesía en español para todas las maneras imaginables de la experimentación formal. La “Salutación” es un poema directamente imposible, tan imposible y perfecto que el sistema de cuenta de sílabas no alcanza para explicar cómo está construido y por qué es armónico. Los versos de aliento latino de 16 sílabas en que está escrito a menudo o no juntan o rebasan ese número, pero funcionan por que está escrito por intervalos melódicos -una forma de organizar poemas en español que nadie había utilizado desde el siglo XIII y que no queda claro cómo fue que Darío resucitó.

La escritura del poema supuso una epopeya personal: Rubén Darío, de regreso en Madrid después de muchos años en París, tiene una lectura en el Ateneo que supone su coronación como el mayor poeta vivo de la lengua. Su entusiasmo ante el evento es tal, que promete estrenar un poema que va a revolucionar la manera de escribir en español. Para su desgracia y nuestro beneficio, justo después de hacer esa promesa, un grupo de parientes de su segunda mujer -con la que nunca convivió y que le chupó tantísima sangre que una vez muerto trató de vender su cerebro a un circo- llegó a instalarse en su departamento de la calle de Veneras 4 en Madrid: un entrepiso pequeño y más bien agobiante. El poeta se bloquea y se tira al alcohol para sobrevivir a la circunstancia. Todo Madrid se preocupa y lo visita y le pregunta por el poema en su casa o cuando lo ve por los bares con su whisky y sus mariscos -la dieta Darío. A todos les responde lo mismo: no puede escribir con esos trogloditas en casa.

Es raro que la Historia ofrezca una fotografía precisa del momento en que un poeta de consideración hizo un surco en el mundo. Recuerdo el testimonio emocionado de Juan José Arreola en su Vida contada a Fernando del Paso, en el que relata cómo vio a Neruda en el balcón de su hotel en Guadalajara, pensando un poema que leyó ese mismo día. En el caso de la “Salutación” hay dos testimonios. Uno del pésimo poeta prevanguardista Vargas Vila que iba leer en el Ateneo como cortinero de Darío.

Cuenta que un amigo común fue comisionado para resolver el bloqueo, “resuelto a emplear todas las fuerzas, no espirituales, sino espirituosas que fueran necesarias para vencer la indolencia del Poeta… el efecto de esas fuerzas fue lento, pero completo; a las dos de la mañana, entró en ese grado de sonambulismo lúcido que marcaba los momentos álgidos de grande inspiración; silencioso, grave, como siempre que entraba en ese estado, se puso a escribir; dos horas después leía el poema a sus amigos, conmovidos y atentos.”

Juan Ramón Jiménez, sin duda el discípulo más avezado de Darío y que en marzo de 1905 estaba en Madrid, tiene otra versión de los hechos. Dice que es cierto que el poema estuvo listo hasta la noche justo anterior a su lectura y que fue escrito en condiciones guerreras, pero de un modo más pausado. Según él, el nicaragüense se lo dictó a su secretario al ritmo graso “de dos hexámetros por noche”, después de ocupar las tardes que le antecedían al dictado en agotar una botella de whisky completa a traguitos de una onza.

 

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