Por: Jorge Eduardo Arellano - n.Granada, Nicaragua (1946)
Historiador de Arte, de las letras y la cultura nicaragüense y autor de casi un centenar de libros. Doctor en Filología Hispánica (Universidad Complutense, Madrid). Director de la Academia Nicaragüense de la Lengua (2002).

La visión rubendariana del sustrato cultural autóctono trascendía el territorio que ocupaba el país natal del poeta; de manera que ya en uno de los tres sonetos escritos en Chile que Darío calificó de americanos (Caupolicán, los otros se titulan Chinampa y El sueño de Inca), había inaugurado su veta americanista. O sea: la búsqueda de una imagen de América, de un fundamento primigenio que nos defina y de nuevos mitos que nos alienten y nos hagan al fin ser nosotros mismos.

Tal es el contenido de Tutecotzimí (1890), perteneciente a un proyectado Libro de los ídolos / Los caciques, que debe valorarse como el primer poema-mito (“mitema”) de la democracia indoamericana, a la cual —en su proceso de incorporación del indio a la historia o a nuestra realidad contemporánea— Darío la dota de raíz milenaria. O, mejor dicho, mítica.

Recordemos los versos iniciales de este poema escrito por Darío en San Salvador —a sus 23 años— e inserto en El canto errante (1907): “Al cavar en el suelo de la ciudad antigua / la metálica punta de la piqueta choca / con una joya de oro, una labrada roca, /una flecha, un fetiche, un dios de forma ambigua, / o los muros enormes de un templo. Mi piqueta/ trabaja en el terreno de la América ignota…” Es decir, la fabulosa América precolombina es objeto de una operación arqueológica, como lo confirma a continuación: “Suene armoniosa mi piqueta de poeta/y descubra oro y ópalos y rica piedra fina/ templo o estatua rota/ y el misterio jeroglífico adivina/ la Musa.//De la temporal bruma surge la vida extraña/de pueblos abolidos; la leyenda confusa/se ilumina; revela secretos la montaña en que se alza la ruina”.

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