Por: Mario Urtecho.

(Foto: Rubén Darío dicta su biografía).
Crónica del regreso de Darío a España, nombrado representante diplomático de Nicaragua ante la corte de Alfonso XIII.

En abril de 1908, Darío regresó a España nombrado representante diplomático de Nicaragua ante la corte de Alfonso XIII. En Nueva York, donde debía cambiar barco, el cónsul don Pío Bolaños lo alojó en el recién inaugurado Hotel Astor, el más opulento de la metrópoli. En París se reencontró con Francisca y su pequeño hijo, luego siguió hacia la península, y permaneció varios días en Barcelona siendo visitado por Gómez Carrillo y muchos poetas.

En Madrid, mediante artículo de prensa de Jacinto Benavente, la intelectualidad española saludó con simpatía su llegada. Sin embargo, en todas las épocas los triunfos y distinciones alcanzadas por algunos han provocado escozores en los mediocres, y éste reconocimiento de Darío enojó más a don Crisanto Medina, representante de Nicaragua en varios países de Europa. El 2 de junio de ese año presentó cartas credenciales ante el rey, ataviado con un uniforme de gala facilitado por el Dr. Juan E. Manrique, ministro de Colombia, ya que el suyo no había llegado de París. Con él se presentó ante la Corte el poeta Amado Nervo, entonces Secretario de la Legación de México.

La presencia de Darío en el mundo diplomático le granjeó especiales deferencias de los que conocían la revolución literaria que lideraba y su indiscutible calidad poética, como los ministros de Inglaterra y Francia y el representante del Vaticano. Empero, mientras pasaban los meses su situación laboral se agudizó. A las insidias que en su contra urdieron ante Zelaya quienes apetecían su puesto, se agregaron los tardíos e insuficientes envíos de las 60 libras esterlinas mensuales para mantener la Legación, que para acentuar la inquina, le llegaban por distintos bancos.

En febrero de 1909 llevaba cuatro meses sin recibir ese dinero. En carta a Santiago Argüello le confió: mis escasos recursos, que apenas me bastaban para Rubén Darío, han tenido que emplearse en todo este tiempo en sostener el decoro del ministro de Nicaragua ante S. M. Católica. Si te dijera que he tenido que mal vender una edición de Páginas escogidas y mi piano para hacer frente a la situación… Zelaya no hizo nada para evitar tal atrocidad. De él diría el poeta: Ese hombre es un asno, no me comprende ni me comprenderá nunca. Y así fue.

El ingreso a la diplomacia no le impidió continuar su creación literaria, pues lo contrario hubiese sido similar a que un pescador se alejara del mar. En 1908 publicó Parisiana, y prologó el libro Au-delá des horizons, de Blanco Fombona. En 1909, salieron en España: Alfonso XIII, que expresa sus simpatías al último eslabón de la policentenaria dinastía austroborbónica; y El viaje a Nicaragua, con las crónicas de los numerosos viajes y homenajes que le ofrecieron durante la estadía en su país. Casi al concluir este libro, y por injerencia del gobierno norteamericano, expresada en la Nota Knox, después de 16 años de dictadura contra el pueblo nicaragüense cayó el general Zelaya, sucedido en la presidencia por el Dr. José Madriz, amigo de infancia de Darío.
Después de dos años en este mundo de cuchilladas palaciegas, el poeta dejó la Legación y una vez más lo atrapó una aguda depresión que lo encerró en su casa, y lo aisló de su entorno. Su enorme capacidad de resiliencia lo impulsó por enésima vez a salir de esta crisis, y ya recuperado se instaló en París con Francisca, su hijo, y María, su cuñada.

A solicitud de La Nación escribió Canto a la Argentina, su poema más extenso: 1.001 versos distribuidos en 46 estrofas, en homenaje al centenario de la independencia de su patria intelectual. Esa creación, por la que fue retribuido con diez mil francos, lo regresó a su disciplina de trabajo. En 1910 fue publicado en Madrid Poema del Otoño y otros poemas, una de sus creaciones más profundas y universales, y la Librería de Sucesores de Hernando inició sus Obras Escogidas en tres volúmenes.

Ese verano lo pasó en la costa de Bretaña con el joven escritor argentino Ricardo Rojas, huéspedes del conde Austin de Croce, un ocultista que descubrió en Darío a un hermano iniciado en la ciencia de lo ignoto. En su estadía visitó al poeta Saint Paul-Roux. Regresó a París, produce prosas y versos, y sabe lo que se publica en castellano, inglés y francés. El Dr. José Madriz lo designa delegado a las fiestas del centenario de la independencia de México y el 21 de agosto se embarca en Saint-Nazaire rumbo a Veracruz.

En La Habana, el historiador y sociólogo Carlos Pereyra, entonces encargado de negocios de México, sin conocer el ánimo oficial le habló del recibimiento que le haría su gobierno, y sus amigos le ofrecieron un banquete en el Hotel Inglaterra al que asistieron: Ramón Catalá, administrador de El Fígaro, Osvaldo Bazil, Max Henríquez Ureña, Arturo R. Carricarte, Bernardo Barros, Francisco Sierra y Eduardo Sánchez Fuentes. Al día siguiente se embarcó con los delegados de Cuba, incluidos los escritores Hernández Millares y Néstor Carbonell. Al atracar el barco en el muelle de Veracruz una muchedumbre le rindió homenaje e igual hicieron los barcos de guerra anclados en la bahía. Sin embargo, el dictador Porfirio Díaz no lo recibió para no desagradar a los representantes del imperialismo norteamericano, lo que causó manifestaciones de repudio en la capital azteca. Los principales diarios denunciaron el desaire, y el eminente escritor político Luis Cabrera publicó en el Diario de Yucatán una carta abierta a Darío, que entre otras cosas dice: Ante todo, debemos deciros que de la ofensa que recibís, no es el autor el pueblo mexicano, que os ama y admira, pero que es incapaz de influir en la conducta de su cancillería…

De regreso, La Champagne hace escala en La Habana y Darío desembarca. Catalá y Henríquez Ureña lo conducen al Hotel Sevilla. Tiene el sistema nervioso deteriorado y trata de mejorarlo con whisky, pero la crisis se desboca y culmina en los extremos de la locura cuando intenta arrojarse de un balcón. En Cuba permanecerá hasta diciembre, pues sus hábitos sibaritas le han consumido sus recursos monetarios y no tiene para volver a Europa.
Una noche se separa de manera furtiva de sus amigos y deambulando por las calles de La Habana llega a una casa donde unos negros están de fiesta. Al decir su nombre lo agasajan con regocijo y al día siguiente muestra a sus amigos un diploma declarándolo Negro Honorario. Con ayuda de Fontoura Xavier, ministro de Brasil en Cuba, Manuel S. Pichardo, el general Bernardo Reyes, y otros, puede, al fin, regresar a París, donde recrudecen las angustias económicas, pues sólo cuenta con sus colaboraciones para La Nación. A solicitud de los uruguayos Alfredo y Armando Guido aceptó dirigir las revistas Mundial y Elegancias; viajó a Hamburgo y Berlín y publicó Letras, colección de sus artículos.

En 1912, publicitando Mundial y Elegancias, el poeta viajó a Barcelona, Lisboa, Río de Janeiro, Sao Paulo, Montevideo y Buenos Aires, donde se le ofreció gran recepción. Darío leyó poemas, dictó conferencias y asistió a innumerables homenajes. El director de Caras y Caretas le pidió que escribiera su biografía, que él dictó en septiembre y octubre: La vida de Rubén Darío escrita por él mismo. Para La Nación escribió Historia de mis libros. Problemas de salud le impidieron terminar la gira y en noviembre regresó a París, donde Gómez Carrillo le ofreció un banquete presidido por el poeta francés Paul Fort. A partir de 1912 empeoraron los terribles tormentos de sus recaídas alcohólicas, que también lo abrumaron en 1913.

En su obra Lo morboso en Rubén Darío (1943), el Dr. Diego Carbonell escribió de esas crisis: Darío estaba sumido en el misterio de los ruidos de su casa y en las hecatombes, provocadas en su imaginación, por los ruidos de la rúa. Me entregué pacientemente a la observación del hombre que huía de los fantasmas sugeridos por un suspiro o una puerta que se abre, no sólo por la curiosidad natural en los de mi oficio, sino a causa de haberlo encontrado en plena crisis absíntica y de otros alcoholes. El poeta me confesó: Desde el día 19, a causa de la impresión que me produjo la lectura de un parricidio en Nanterre y el sacrificio o degollación utilizada en Armenia, bebo alcoholes que no atenúan la sensación que han producido en mí aquellas noticias… Logré que durmiese, le dejé indicaciones para atenuar sus angustias y, con la “relativa” supresión de los alcoholes, apareció en Darío, como acontecía en Allan Poe y en Verlaine, la manía de los viajes, que después de una crisis dipsomaníaca lo impulsaba a dejar París.

Después de esta crisis viajó a Mallorca, en busca de paz y recuperación, y comenzó la novela El oro de Mallorca. De esa estancia dijo: No pruebo alcohol ninguno, ni lo necesito. El riñón creo que ha mejorado, y los intestinos juzgo que se compondrán. Un mes después los espíritus burlones del alcoholismo jugaron con él a su gusto y antojo, hasta doblegar al genio en las calles de Palma de Mallorca.

 

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