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Por: Dr. Carlos Tünnermann Bernheim - n.Managua, Nicaragua (10/Mayo/1933).
Realizó estudios de Bachiller en Ciencias y Letras en el Instituto Pedagógico de Varones de Managua, es Doctor en Derecho por la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua. Académico de Número de la Academia Nicaragüense de la Lengua (1992).

En un artículo publicado hace algún tiempo en el semanario UNIVERSIDAD de la Universidad de Costa Rica, el escritor costarricense Alfredo Cardona Peña llama la atención sobre la similitud que encuentra entre un verso de Rubén Darío y otro de la letra del Himno Nacional de Costa Rica.“En efecto, afirma Cardona Peña, cuando cantamos ‘bajo el límpido azul de tu cielo’ estamos repitiendo una línea del poema Ondas y Nubes, original del jefe del Modernismo”.

En realidad, existe una gran coincidencia entre una línea del Himno Nacional de Costa Rica y un verso de Rubén. Dice el Himno costarricense:

“Noble patria, tu hermosa bandera
expresión de tu vida nos da,
bajo el límpido azul de tu cielo
blanca y pura descansa la paz!

Dice Rubén en la sexta estrofa de su poema Ondas y Nubes:

“¡Ah! Yo alcé mis pupilas a lo alto:
las constelaciones cual diamantes fijos
en el límpido azul de los cielos
movían sus áureos, tremulantes hilos”.

El poema Ondas y Nubes fue escrito abordo del “Uarda”, el vapor alemán en que Rubén llegó a Chile en junio de 1886.

Don Edelberto Torres nos dice que este poema lo escribió Rubén ya avistando las costas chilenas para desahogar su ánimo, presa de sentimientos encontrados de tristeza y esperanza.

En las Poesías Completas, editadas por Alfonso Méndez Plancarte, este poema aparece incluido en la sección, “Del chorro de la fuente – Poesías dispersas desde el viaje a Chile (1886-1916)”, y está dedicado a Eduardo Poirier, el excelente amigo chileno de Darío.

Dice el poeta costarricense Cardona Peña que “Billo” Zeledón, autor de la letra del Himno Nacional de Costa Rica, había escrito originalmente “bajo el sereno azul de tu cielo”, pero que “leído el texto por el ilustre humanista Antonio Zambrana, este no lo aceptó por parecerle débil y no ofrecer el ritmo adecuado.

En consecuencia, Zambrana, cuya autoridad intervenía en las justas literarias de aquella época, tachó la palabra y puso encima el sonoro adjetivo límpido, corrección que nadie discutió ni discute por ser acertada”.

Cardona Peña duda que Antonio Zambrana haya conocido el verso de Darío y más bien piensa que se trata de “una curiosa y rara coincidencia de la que Costa Rica resultó favorecida”.

¿Quién era Antonio Zambrana?
Zambrana era un eminente patriota cubano, maestro de juventudes, brillante orador y distinguido escritor, que residió en dos oportunidades en Costa Rica. Precisamente, cuando Zambrana regresa a Costa Rica en 1891, Rubén, quien entonces residía en San José, saluda su arribo en un elogioso artículo publicado el 25 de octubre de ese año en el diario “La Prensa Libre”, el número 713, en el cual escribe:

“Bienvenido sea el maestro; bienvenido sea el que lleva por donde va, la armonía de la palabra, el que hace que triunfen las ideas grandes y nobles, el que levanta el espíritu de la juventud, el que educa y deleita”… “A Zambrana lo conocemos desde hace largo tiempo”…

“Nos hemos sentido orgullosos de ser sus discípulos y amigos”… En Chile, los miembros de la aristocracia intelectual… no pueden olvidar al orador cubano que les habló en su gran teatro, de modo tal, que en aquella noche memorable quedó consagrado entre los príncipes de la oratoria americana”…

Días después, en noviembre de ese mismo año, los diarios de San José anunciaban que Zambrana y el joven poeta Rubén Darío participarían en una velada literaria, en beneficio de las víctimas de la inundación de Cartago.

El 19 de diciembre de 1891, Zambrana dictó una conferencia sobre el Nihilismo en Rusia. Rubén publicó, al día siguiente, un artículo en el “Diario del Comercio” comentando la conferencia, bajo el curioso seudónimo Petrovitch Darioff Faeiowski (Pablo Steiner: Intermezzo en Costa Rica – 1987 p. 54).

Cuando Rubén se marcha de Costa Rica, Zambrana publicó en “El Heraldo de Costa Rica” un sentido artículo de despedida al joven bardo nicaragüense, en el cual expresa: “Rubén Darío es de los pocos que hablan con perfecta posesión de ella, esa lengua sublime de lo ideal que tantos balbucean. Con autoridad que solo su cariño me confiere, he tachado algunos de sus procedimientos estéticos; pero admiro como quién más las dotes privilegiadas que lo caracterizan”…

“Estamos pues, contentos de haberlo amado y honrado y de guardar con cariño su recuerdo; no nos avergonzamos de sentir el influjo de su magia; tiene él, además del genio, un alma angelical, noble y bondadosa, —¡qué doble corona!— y la aureola de su nombre ha puesto laurel fresco, frondoso, no marchitable, en el escudo centroamericano”.

Amistad

Dados los fuertes lazos de amistad que ligaron a Darío y Zambrana existe realmente la posibilidad de que cuando Zambrana sustituyó el adjetivo sereno por el más sonoro y dariano de límpido, ecos de los versos de Rubén hayan resonado en sus oídos e inspirado el acertado cambio.

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