Caupolicán

A Henrique Hernández Miyares

 

Es algo formidable que vio la vieja raza:
robusto tronco de árbol al hombro de un campeón
salvaje y aguerrido, cuya fornida maza
blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.

Por casco sus cabellos, su pecho por coraza,
pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,
lancero de los bosques, Nemrod que todo caza,
desjarretar un toro, o estrangular un león.

Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día,
le vio la tarde pálida, le vio la noche fría,
y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.

«¡El Toqui, el Toqui!» clama la conmovida casta.
Anduvo, anduvo, anduvo. La aurora dijo: «Basta»,
e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.

 

Rubén Darío (11 de Noviembre de 1888)
Incluido en Azul… (2da. edición de 1890).
Lo publicó en el diario santiaguino La Época, de Chile, bajo el título de «El Toqui»


ANÁLISIS

[2] Rubén Darío, en este poema, nos habla de un personaje histórico muy importante para los chilenos: Capoulicán. Este se enfrentó a los españoles cuando invadieron Chile en el siglo XVI. En concreto, el poema enmarca un hecho importante, entre histórico y mitológico, por el que este personaje, llegó a ser el jefe de ese ejército que se enfrentó a los que venían de otras tierras.

En la primera estrofa de este soneto se nos presenta a este personaje desde un punto de vista mitológico al igualarse al hijo de un Dios, Hércules, o a un hombre al que Dios le dio la fuerza como poder y ofrenda, como Sansón. Se nos sitúa en una época antigua, en la que los hombres eran diferentes, de una raza en la que la fuerza estaba unida al deseo de los dioses.

En esta primera estrofa se nos indica cuál era la prueba por la que se escogía, de entre los mejores guerreros, al campeón, al que sería el jefe de todas las fuerzas. Esa prueba, según la mitología, era la de ver quién aguantaba más tiempo un tronco de árbol sobre el hombro. Capoulicán fue el guerrero que soportó más tiempo este. Se habla de dos días con sus noches.

Esa mitificación de Guerrero, continúa en la segunda estrofa a través de una descripción de su cuerpo: esos cabellos largos, ese cuerpo fuerte, musculado y, seguramente, con marcas de lucha y cuya fuerza es capaz, como suele ocurrir en la mitología griega, romana, etc., de matar a bestias salvajes como un león o un toro con una sola mano, símbolos de una fuerza enorme.

En el primer terceto del soneto, se hace referencia al paso del tiempo durante esos dos días. Se aumenta la dureza de la prueba al hablar del calor de la mañana y de las frías noches que tuvo que soportar este guerrero y, como no podía ser de otra manera, soportando el peso del tronco sobre su hombro, equiparándolo a los titanes mitológicos.

En el segundo terceto, victorioso, Capoulicán es el vencedor sobre los demás y es nombrado Toqui, que era la máxima distinción que podía tener un miembro de esa sociedad. Esta distinción significaba que era el elegido para mandar sobre todos los demás guerreros, lo que otorga, además del poder sobre el ejército, poder sobre la naturaleza, porque el sol se detiene frente a él en señal de respeto, iluminándolo en toda su grandiosidad.

 

[1] Se ha repetido hasta la saciedad que Rubén habría introducido nuevos textos en Azul… para tratar de paliar en lo posible la acusación de «galicismo mental» que le había propinado Juan Valera en dos de sus Cartas americanas dirigidas al nicaragüense. Esos nuevos textos caminarían por senderos estéticos no tan marcadamente parnasianos ni decadentes, dejarían a un lado lo versallesco e, incluso, acogerían algún motivo americano, tal el caso de «Caupolicán».

La cuestión es que se añade un reducido número de poemas, la mayor parte sonetos, y que, excepto los «Medallones» referidos al estadounidense Walt Whitman, al cubano José Joaquín Palma y al mexicano Salvador Díaz Mirón, el resto está referido a parnasianos franceses (Leconte de Lisle y Catulle Mendès) o a motivos típicos del Parnaso como, por ejemplo, las diversas ambientaciones exóticas que presentan «Venus» y «De invierno». Todo ello, sin olvidar el poema titulado «A un poeta», de marcada ascendencia romántica, que vaticina uno de los temas más tratados por Rubén, el del poeta y la poesía. Según Carmen Ruiz Barrionuevo, se trataría de un «loco afanar» que describe bastante bien lo que constituyó la reflexión poética de Darío desde su época juvenil. Subraya la catedrática de Salamanca que, frente a los que sostienen la tesis del collage resultante al aparecer la segunda edición de Azul…, Rubén Darío habría llevado a cabo un incremento estéticamente intencionado: «Más bien, parece que superando el origen disperso de la publicación de muchos de sus títulos en periódicos, resulta un libro cuidadosamente engarzado, en el filo de un abismo que entonces hubo de ser difícil de captar, porque la unidad venía ofrecida por los procedimientos, y éstos eran de una extrema novedad».

Por otra parte, de la primera edición de Azul… (1888) a la segunda (1890), la sensibilidad de Rubén Darío le hace reparar en la historia del país que le acoge en ese momento. La etapa chilena del autor está protagonizada por su relación con su apreciado Gilbert, pseudónimo de Pedro Balmaceda Toro, hijo del entonces Presidente de la República, al que el poeta dedicó su Canto épico a las glorias de Chile. Al igual que ocurre con Buenos Aires -una de las siguientes etapas biográficas-, el caso de Santiago de Chile es en aquel momento el de esas ciudades emergentes que ven constituirse una pequeña burguesía que va protagonizando la vida urbana, que asiste a un relativo progreso económico y que le acerca más a la cotidianeidad de algunas urbes europeas que a los inmensos territorios que les circundan. También en cuanto a las corrientes estéticas es determinante ese paulatino cambio social. El caso de la residencia del mandatario chileno es un síntoma extraordinario, puesto que el joven Balmaceda dispone allí de una biblioteca donde Darío irá conociendo la tradición de la poesía francesa, antes de viajar a París, a la vez que se empapa de los intríngulis de la historia y la política chilenas.

El soneto «Caupolicán» se nos presenta como un texto paradigmático del intento de alejamiento de lo afrancesado, tal vez incitado por las cartas de Valera, y, a la vez, como antesala de otros ejemplos de reivindicación indígena de más fama todavía, como la «Salutación del optimista» o la oda «A Roosevelt», incluidos en Cantos de vida y esperanza en 1905. No obstante, pueden advertirse en «Caupolicán» otros componentes característicos del modernismo que -parafraseando a Gil de Biedma- guardan relación con la restauración de la tradición olvidada, y que por lo mismo son también prueba de la práctica culturalista de los escritores finiseculares. Es altamente significativo el hecho de que en la edición de Guatemala, en la cual se incluye el poema, Rubén decida suprimir la extensa dedicatoria a Federico Varela que encabezaba la edición de Valparaíso y que mostraba una notable pasión culturalista. Ahora conserva el prólogo del académico correspondiente de la Española Eduardo de la Barra e indica en la portada que se trata de la segunda edición aumentada precedida de un estudio sobre la obra por Don Juan Valera de la Real Academia Española. Podemos preguntarnos si el rubor del poeta impidió la inclusión de aquella dedicatoria de la «enredadera de campánulas», y ello teniendo presente que aún faltaría bastante tiempo, hasta llegar el año 1899, para que José Enrique Rodó dedicara un artículo a su figura que albergaría la famosa especie que sacada de su contexto hizo tanta fortuna enseguida: «Rubén Darío no es el poeta de América».

Prueba, sin embargo, del ingrediente americano que Rubén Darío acoge a lo largo de toda su producción es precisamente el soneto titulado primero «El Toqui» y más tarde «Caupolicán», en que se sintetiza uno de los más conocidos episodios protagonizados por ese guerrero araucano y que al tiempo constituye una pieza de orfebrería en la rica tradición literaria anterior y posterior que dicho motivo ha propiciado. Mario Benedetti en un artículo titulado «Rubén Darío, Señor de los tristes» publicado en 1967, habla de sus «poemas concentrados, notales, indiscutibles obras maestras». El poema «Caupolicán» puede considerarse así, en el sentido de que supone un ejercicio extraordinario de condensación y de aprovechamiento intertextual. El propio Eduardo de la Barra, autor del alambicado prólogo de Azul… dice literalmente:
«Su originalidad incontestable está en que todo lo amalgama, lo funde y lo armoniza en un estilo suyo, nervioso, […] y de palabras bizarras, exóticas aún, mas siempre bien sonantes» (epígrafe IV). Alude el tema del poema a la prueba que enfrentó a varios caciques araucanos consistente en sostener durante tres jornadas un pesado tronco de árbol para dilucidar según la fuerza empleada, la habilidad demostrada y la capacidad de resistencia, quién acaudillaría a su pueblo frente a los invasores españoles abanderados por el hijo del Virrey del Perú, don García Hurtado de Mendoza.


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Referencias Bibliográficas